Merienda de negros

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La primera vez que supe de esa expresión fue hace un par de años, cuando leía un artículo referido a la música caribeña del gran bolivarense -escolarizado en Santa Marta- Lucho Bermúdez, a propósito de las reacciones que en la capital del país producía su endemoniado ritmo, pues durante los años cincuentas del casi reducto colonial que era todavía la Bogotá de entonces, el sonido movedor de caderas del pionero de El Carmen era considerado poco menos que un sacrilegio africano y africanizante, impropio de ser degustado por los castos oídos cachacos de la época, que eran, como sabemos, descendientes en línea directa -aunque bastarda- de los serenísimos reyes siempre católicos de su bienamada y blanca España.

El texto que digo citaba una frase escrita para la época en cuestión por Enrique Santos Montejo, también conocido como Calibán, director de El Tiempo, y abuelo de Santos, presidente de la República hoy. Se trataba de uno de los periodistas más respetados de aquel país parroquial, aislado y encerrado entre sus montañas, que fue famoso en su juventud por sus ideas liberales, al punto de haber sido excomulgado por los curas presuntamente por ello. Sin embargo, se pregunta uno qué tan liberal realmente podría haber llegado a ser un tipo que cuando nuestro Lucho hizo sus primeras presentaciones con su orquesta en la paramuna Santa Fe lo que hizo fue tomar su pluma y escribir, precisamente, que las letras y arreglos de Bermúdez (originales, no copiados de ninguna Europa, tendría que haber agregado) no eran más que una merienda de negros de la costa, que a él no le gustaban.

La segunda vez que volví a pensar en la expresión denigrante del título fue hace apenas unos tres meses, cuando en plena discusión del Plan de Desarrollo de Bogotá, el anciano concejal de esa ciudad, Jorge Durán Silva, opita y mestizo -otro dizque liberal-, presidiendo la Comisión respectiva, y haciendo un uso abusivo del poder presidencial de organización del recinto, pegó uno de sus acostumbrados berridos, esta vez para llamar al orden a las barras -donde estaba apostado yo además-, agregando, en tono de superioridad incontestable, que el Concejo no se iba a volver, con él, una "merienda de negros". Lo hizo sin aclarar nada de nada con respecto al supuesto desorden que quería componer. Lo hizo porque había negros enfriándose en las barras: afrobogotanos, afrocolombianos, que guardaron un demasiado prudente silencio en ese momento. Lo hizo porque quiso, porque pudo, porque le dio la gana y porque nadie se lo impidió: nadie se lo reprochó, nadie dijo nada. Yo tampoco.

Y la tercera vez fue la semana pasada: algún enemigo político, o personal (que para el caso es lo mismo) de Durán Silva, quien adorna ininterrumpidamente el Concejo Distrital capitalino desde 1978, le ha sacado al viejo el video al aire diciendo lo que dijo.

No han mostrado, eso sí, la cinta del día siguiente, cuando Durán se disculpa, hipócritamente -se entiende-, con los negros, previo requerimiento escrito que le hicieran los de esa maltratada comunidad. Pero nadie quedó convencido. El daño estaba hecho. Y ahora se lo están cobrando de verdad; no puedo decir que esté en desacuerdo con eso. Esta Colombia que ha resultado blanca tiene que acabarse. Por eso, yo, por mi parte, lo que deseo es que no haya una cuarta vez: no quiero volver a leer, a escuchar, a saber, de eso de merienda de negros, nunca más en la vida, nunca más en este país. Nunca más.



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