La petrificación de la Carta

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Habida cuenta de los eventos de las últimas semanas, cuando la Constitución Política de la República de Colombia se ha visto seriamente amenazada en tanto que sistema de pesos y contrapesos, respecto del necesario equilibrio entre los poderes públicos, y en perjuicio de sus partes tanto dogmática como orgánica, se hace indispensable que sea la verdaderamente honorable Nación colombiana la que tome las riendas en la defensa de su Carta de derechos. Hoy, 4 de julio, se cumplen veintiún años desde la promulgación de nuestra Constitución: ha sido modificada más de treinta veces, prostituida, como lo dije en la columna anterior, siempre en beneficio de los detentadores de turno, por usurpación las más veces, del poder.

(Para decirlo con las palabras que encontré en una novelita colombiana que acabo de leerme -Su casa es mi casa- el mundo no necesariamente está dividido entre valientes y cobardes, sino más bien entre armados y desarmados: queriendo decir que a veces basta con que alguien tenga el arma necesaria para defenderse, o sea, que tenga consciencia de ello, de esa posesión, para utilizarla, y así, hacerse valer: a Colombia le está llegando la hora -se siente- de tomar el control de su destino de manera definitiva, de darse cuenta de que tiene el verdadero poder de decidir, aunque no siempre sepa qué es lo debe hacer con precisión.

Lo que recién les pasó a los bandidos -como se autodenominaba el sicópata asesino de Pablo Escobar, tan idolatrado por estos días en este incomprensible país- que quisieron destruir la inalienable igualdad de los ciudadanos colombianos ante la Ley, propia de un Estado de derecho, para evadirse, ellos mismos, y otros, de la justicia -coludidos como estaban todos-, es una muestra clara, evidente, de que las cosas, en adelante, al menos ya no van a ser tan fáciles para aquellos que quieran robarse nuestro destino).

La Constitución Política, en teoría, es de difícil modificación, por eso el trámite de un acto legislativo en Colombia difiere en su complejidad del simple proceso de formación de una Ley de la República, ya sea ésta ordinaria, marco, estatutaria u orgánica. Pero sin asombro nos damos cuenta cada vez más que en nuestro país el que hace trampa sabe cómo hacerla, y que no basta que existan reglas definidas cuando los que están en posibilidad de violarlas, lo hacen. Pues de alguna manera la naturaleza personal de los que realizan la actividad política entre nosotros se ha confundido con aquella característica del delincuente nato que explicaron algunos penalistas hace mucho tiempo: no le tienen miedo a romper las normas jurídicas, la sociedad no significa nada para ellos, la eventual sanción no los amedrenta, etc.

Es por esto que la Constitución, que según su artículo 4º es norma de normas, pudiendo aplicarse directamente en cada problema de derecho, debe ser también la norma pétrea por definición, la piedra fundacional, esto es, que su rigidez debe ser cierta al cien por ciento, y entonces, no pueda modificarse sino cuando el pueblo colombiano, que es el que realmente manda, así lo decida excepcionalmente.

Lo anterior debe lograrse siguiendo los cauces propios del Constituyente primario, la gente: haciéndoles saber a cada momento (con protestas, plantones, mítines, rechazo, voto honesto) a los sucedáneos mandatarios, representantes, colegas y servidores de cualquier índole que adornan nuestro oneroso Estado, que la Constitución no les pertenece a ellos, y que no puede modificarse a capricho; la petrificación de la Carta es realmente un proceso de apropiación que, como en geología, toma años, a veces siglos, pero que al final endurece las instituciones al punto de hacerlas tan familiares que, después de un tiempo, ya no puede venir ningún oportunista a querer modificarlas sin sufrir el peso del ostracismo moral, como el legítimamente infligido a los hoy sorprendidos en flagrancia, algo que por estos días me ha hecho sentir orgulloso de verdad.



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