El reto de talk the talk and walk the walk

Columnas de Opinión
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Los primeros nombramientos del gabinete de Abelardo han sido recibidos favorablemente por buena parte de la opinión pública, en la medida en que reflejan las promesas formuladas durante la campaña. Entre ellos, destaca el del canciller Bula Escobar, no solo por el perfil del designado, sino porque la política exterior será uno de los frentes decisivos para el éxito del nuevo Gobierno. 

Tras escuchar la entrevista concedida al periodista Yesid Lancheros, de Semana, resulta posible identificar algunos de los principios que parecen orientar su visión de la diplomacia colombiana. Más que un programa definitivo, conviene entender esas declaraciones como una hoja de ruta susceptible de ajustarse a medida que avance la gestión.

El primer acierto radica en la apuesta por profesionalizar el servicio exterior. En realidad, esta no debería ser una propuesta polémica, sino un principio elemental de cualquier Estado moderno. La representación internacional de Colombia exige funcionarios seleccionados por mérito, experiencia y capacidad, no por compromisos políticos internos. Durante décadas, la utilización del servicio diplomático como mecanismo para recompensar lealtades personales o partidistas ha debilitado la capacidad del país para avanzar y defender eficazmente sus intereses en el exterior.

Más discutible resulta la idea de administrar la Cancillería con criterios propios de una empresa privada. Como aspiración de eficiencia es difícil objetarla; como modelo organizacional, plantea enormes desafíos. Las instituciones públicas responden a lógicas distintas de las corporaciones y transformar su cultura requiere procesos prolongados, incentivos adecuados y liderazgo sostenido. Las organizaciones no cambian mediante decretos, sino mediante la construcción gradual de nuevas prácticas, sistemas de evaluación y responsabilidades claramente definidas.

Otro aspecto relevante es la intención de fortalecer la relación con Estados Unidos. El canciller reconoce que Colombia atraviesa una coyuntura favorable para reconstruir una alianza estratégica con Washington, especialmente bajo una administración estadounidense cuya política exterior privilegia la afinidad entre aliados. Esa lectura parece acertada: la cooperación en seguridad, inversión, comercio y lucha contra el crimen organizado continúa haciendo de Estados Unidos el principal socio estratégico del país.

Sin embargo, las referencias a China dejan abiertos algunos interrogantes. El pragmatismo en política exterior no consiste únicamente en mantener abiertas todas las opciones, sino en comprender las consecuencias estratégicas de cada decisión. La creciente presencia china en infraestructura crítica y proyectos portuarios ha generado tensiones en distintos países y ha sido observada con preocupación por Washington. Casos como Sri Lanka, Panamá o Perú ilustran los dilemas que pueden surgir cuando la inversión extranjera trasciende el ámbito comercial para adquirir una dimensión geopolítica.

Ello no implica renunciar al comercio con China, segunda economía del mundo y un socio comercial relevante para Colombia. Sí exige, en cambio, establecer con claridad cuáles son los sectores estratégicos donde la autonomía nacional y la estabilidad de las alianzas tradicionales deben prevalecer sobre oportunidades de corto y mediano plazo que China pueda ofrecer.

Debe ser entendido por el gobierno colombiano, que, bajo la Doctrina Trump, no hay lealtades a medias.  En inglés coloquialmente se expresa con la frase: either you are all in, or you are out.  La experiencia italiana y de Meloni debería darnos suficientes luces al respecto.

También resulta pertinente la insistencia del canciller en elevar los estándares profesionales del cuerpo diplomático. El dominio del inglés constituye hoy un requisito mínimo, no un factor diferenciador. Pero la competencia lingüística, por sí sola, resulta insuficiente. La diplomacia contemporánea exige comprensión de contextos culturales, capacidad de negociación intercultural y familiaridad con los códigos formales e informales que condicionan las relaciones internacionales. En otras palabras, formar diplomáticos implica desarrollar competencias biculturales, además del conocimiento técnico y jurídico.

En conjunto, el nombramiento de Bula Escobar transmite una señal de cambio respecto a la política exterior reciente. Su trayectoria y las prioridades expuestas hasta ahora apuntan hacia una Cancillería más profesional y orientada por objetivos estratégicos. El verdadero desafío comenzará cuando esas ideas deban traducirse en reformas institucionales y decisiones concretas. Será entonces cuando pueda evaluarse si esta promesa de renovación logra transformar, de manera duradera, la presencia internacional de Colombia.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com

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