¿Cabeza de ratón o cola de león? El dilema del alineamiento estratégico

Columnas de Opinión
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El fin de la Guerra Fría dio paso a una doctrina ampliamente aceptada en los círculos de política exterior occidentales: la transición hacia un orden internacional multilateral, sustentado en instituciones globales y en un progresismo normativo que buscaba gestionar la supuesta “decadencia” de Estados Unidos. Esta aproximación, adoptada con especial énfasis por el Partido Demócrata, orientó la política exterior estadounidense durante tres décadas, salvo en momentos de disrupción sistémica como los atentados del 11 de septiembre.

En el caso colombiano, esta visión se tradujo en una relación bilateral caracterizada por la continuidad institucional, la cooperación en seguridad y la convergencia en agendas multilaterales. Desde la administración Gaviria hasta la de Petro, la política exterior colombiana operó dentro de los parámetros de ese consenso liberal internacionalista.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca alteró de manera sustantiva ese marco. Su administración rechazó explícitamente la tesis de la decadencia administrada y reivindicó el excepcionalismo estadounidense como fundamento de una política exterior más asertiva, menos dependiente de organismos multilaterales y orientada a la defensa directa de los intereses nacionales. Este giro produjo efectos inmediatos en América Latina: contención de la influencia de actores extra hemisféricos (China, Rusia, Irán), fortalecimiento de alianzas con gobiernos ideológicamente afines y reconfiguración de los incentivos políticos regionales e incluso intervenciones directas, como en el caso de Venezuela y la operación para substraer al dictador Maduro.

En este contexto, la elección de De La Espriella introduce un desafío estratégico para Colombia. La administración Trump 2.0 presenta características distintas a su primera versión: mayor cohesión interna, control efectivo del Partido Republicano, redes de sucesión política definidas y una comprensión más clara de los riesgos que implica gobernar sin equipos leales. Esto implica que la relación bilateral no podrá depender exclusivamente del vínculo personal entre ambos mandatarios, aunque este constituya un activo relevante.

La gestión cotidiana de la relación requerirá un cuerpo diplomático y técnico con competencias específicas: conocimiento profundo de la cultura política estadounidense, comprensión de los códigos comunicacionales del movimiento MAGA, experiencia en negociación con actores no tradicionales y capacidad para anticipar dinámicas internas del sistema político estadounidense. El dominio del idioma o la formación académica en universidades norteamericanas no sustituyen estas capacidades. La mayoría de los perfiles tradicionales de la tecnocracia colombiana carece de exposición prolongada al entorno político y empresarial estadounidense, lo que puede generar fallas de interpretación y errores de cálculo.

La selección del equipo de gobierno será, por tanto, un factor crítico. La alineación estratégica con Washington exige funcionarios capaces de operar en un ecosistema político altamente polarizado, con estructuras informales de poder y con una lógica decisional distinta a la de la diplomacia multilateral clásica. La falta de sintonía puede traducirse en costos reputacionales, pérdida de acceso o ineficiencia en la ejecución de la agenda bilateral.

De La Espriella enfrenta así una decisión estructural: integrarse de manera estratégica al proyecto político que hoy define la política exterior estadounidense o mantener una relación transaccional orientada exclusivamente a objetivos domésticos. En términos de teoría de alianzas, se trata de escoger entre bandwagoning con un actor hegemónico y única superpotencia o hedging para preservar autonomía relativa. Cada opción implica costos, beneficios y trayectorias distintas.

El anuncio de De La Espriella respondiendo afirmativamente a la invitación de hacer parte de la estrategia hemisférica contra el crimen organizado, conocida como Escudo de las Américas, es producto del pragmatismo, no necesariamente de un alineamiento ideológico con MAGA.  Estuvo al alcance de Petro también, solo que este no quiso.  De la Espriella se ha definido como MAGA, Trump le dio un espaldarazo inequívoco, y todo esto hace pensar que De La Espriella optará por ser cola de león.  Sin embargo, el reto es mantener la coherencia con el discurso al confrontar las realidades de gobernar, y que implican la búsqueda de un equilibrio con distintos actores políticos y económicos domésticos en aras de ganar gobernabilidad.

En política exterior, como en la teoría organizacional, la pregunta es si conviene ser cabeza de ratón o cola de león. La eficacia del gobierno dependerá de la claridad con que se responda a esta disyuntiva y de la capacidad institucional para ejecutar la decisión adoptada.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com

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