La verdadera reactivación de nuestra economía necesita puentes, no muros. Bajarle a la agresividad de los discursos no significa renunciar a las ideas de libertad económica, de avanzar hacia una patria segura o de orden fiscal, sino crear un ambiente estable, predecible y unificado donde valga la pena invertir a largo plazo.
El fin de la campaña electoral nos deja frente a una nueva realidad política y económica. La victoria de Abelardo De la Espriella en la segunda vuelta presidencial trae un aire de cambio y amplias expectativas de muchos colombianos y sectores productivos. El veredicto de las urnas cerró con el 49,66% de los votos (12,9 millones) para el candidato ganador, frente a un muy cercano 48,70% obtenido por Iván Cepeda. Sin embargo, la alegría del triunfo no puede hacernos caer en la trampa de la burla o el desprecio hacia quienes votaron diferente.
La democracia no consiste en silenciar o anular al que piensa distinto. Consiste en coexistir con él, y si es posible, en ganárselo con argumentos y hechos. Si algo nos enseñaron estos últimos años es que el odio y la polarización no construyen mayorías duraderas. Si convertimos esta victoria en revancha, lo único que lograremos es que en cuatro años Colombia vuelva a vivir la misma división, la misma incertidumbre y el mismo agotamiento para todos.
La economía de un país no crece en medio del odio, sino cuando todos jalamos para el mismo lado. Por eso, las peleas políticas y el lenguaje de revancha son pésimos negocios en este momento. Cuando una nación está profundamente fracturada, los inversionistas lo piensan dos veces antes de poner su dinero, las decisiones toman su tiempo en ser tomadas, las grandes inversiones reaccionan de forma dubitativa y el potencial de crecimiento se estanca. Hace cuatro años, el sector empresarial sintió un profundo miedo e incertidumbre tras las elecciones de entonces. Cometer hoy los mismos errores de soberbia con quienes perdieron el balotaje sería cerrarle la puerta a la estabilidad jurídica que tanto necesitamos para prosperar.
La verdadera reactivación de nuestra economía necesita puentes, no muros. Bajarle a la agresividad de los discursos no significa renunciar a las ideas de libertad económica, de avanzar hacia una patria segura o de orden fiscal, sino crear un ambiente estable, predecible y unificado donde valga la pena invertir a largo plazo.
El nuevo gobierno tiene la enorme tarea de trabajar para todos, bajo la premisa irrefutable de que ningún plan económico va a funcionar si se construye de espaldas a millones de compatriotas que hoy se sienten preocupados por su futuro. Sanar los indicadores macroeconómicos y devolver la confianza a los mercados o a la inversión privada requiere, primero, curar la convivencia ciudadana y tender puentes sólidos hacia quienes piensan distinto. La recuperación del bolsillo y la generación de empleo formal no florecen en escenarios de revancha ni de fractura social. La campaña electoral ya terminó; ahora es el bienestar de Colombia, la estabilidad de sus empresas y el futuro de sus familias lo que nos convoca a todos.