Hacer del corazón un lugar para hospedar al mundo entero
»Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
Reflexión: Quizás uno de los impedimentos para que podamos vivir esta obra de misericordia son los prejuicios que hacemos de las personas que no conocemos, o el miedo que experimentamos para abrir nuestro corazón a otros; si aprendemos a generar relaciones humanas desde el Evangelio y no desde el interés o el prejuicio, con seguridad podremos hacer de nuestro apostolado un espacio de acogida para el que lo necesite.