Recuerdo con mucho cariño e inocencia cómo apagaba la luz del cuarto y, desde una pequeña abertura entre las sábanas, vigilaba si mis juguetes cobraban vida.
Los dejaba organizados estratégicamente y llegué incluso a pensar en instalar una cámara de rollo para comprobar cómo se movían. Hacía pequeñas marcas en el piso para descubrir si habían cambiado de lugar. Al final, conservo recuerdos movedizos de ellos hablando entre sí, haciendo planes y viviendo aventuras. Son recuerdos que habitan esa delgada frontera entre la ensoñación, la memoria y la ficción. Una parte de mí sabe que aquello era imposible; otra, en cambio, sigue convencida de que cobraban vida cuando dejaba de mirarlos y que, en secreto, preparaban miles de aventuras para acompañarme.
Tuve la fortuna de jugar, y de jugar mucho, durante mi infancia. Podía quedarme solo durante horas y nunca me sentía solo. Siempre estaba acompañado por ellos: mis juguetes, mis primeros amigos. Les contaba mis secretos, los llevaba de viaje conmigo y compartía con ellos cada tarde de imaginación. Muchos eran piezas casi de colección: figuras talladas en madera, pintadas a mano o pequeños carros que hoy despertarían la nostalgia de cualquier adulto.
Por eso, la ya icónica saga de Disney, Toy Story, nunca fue realmente una película sobre juguetes, ni siquiera una película exclusivamente infantil. Siempre fue una historia sobre la amistad, la lealtad y la vida.
La amistad entre Buzz y Woody en la primera entrega; los celos, los miedos y el ego de Woody en la segunda; el profundo vínculo entre un niño y sus juguetes en la tercera; y, en la cuarta, la aparición de Forky, un simple tenedor convertido en juguete, recordándonos que los niños necesitan muy poco para crear mundos infinitos cuando la imaginación hace el resto.
Treinta años después, la más reciente entrega plantea un problema profundamente contemporáneo: el lugar que hoy ocupan las pantallas en la infancia y las nuevas formas de jugar. Las pantallas han capturado buena parte de la atención de nuestros niños. En ellas pueden jugar, conversar, escribir, dibujar, ver miles de videos y hacer casi cualquier cosa. Sin embargo, esa experiencia está muy lejos del juego espontáneo, libre y corporal que marcó la infancia de muchas generaciones.
No se trata de satanizar la tecnología. Las pantallas también ofrecen oportunidades de aprendizaje, creatividad y comunicación. Pero cuando sustituyen el juego físico y la interacción con otros niños, algo valioso comienza a perderse. Las consecuencias del uso excesivo ya empiezan a hacerse visibles en las escuelas: menores tiempos de atención, dificultades para la interacción y una forma distinta —y muchas veces más limitada— de relacionarnos con el mundo.
Ojalá volviéramos a ver más tardes de barrio, más parques llenos de niños corriendo detrás de una pelota, más juguetes sobre el piso y menos pantallas ocupando cada minuto del día. Porque, al final, nunca fue sobre los juguetes. Siempre fue sobre la infancia y sobre la manera en que aprendemos a habitar la vida.
Años después comprendí que aquella fantasía infantil no era solo mía. Cuando vi Toy Story, descubrí que millones de personas habían imaginado lo mismo: que los juguetes también tenían una vida secreta Mis primeros amigos fueron mis juguetes. Quizá por eso todavía conservan, en algún rincón de la memoria, los secretos de aquellas interminables tardes de juego.