Punto de inflexión

Columnas de Opinión
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“¡Vaya partido duro tuvieron!” me dice un vecino de la zona con su inglés cotidiano cuando ve mi camiseta de fútbol en un supermercado de Manhattan. “¡Y los que todavía faltan!” le respondo en el tono cordial de las conversaciones de pasillo que nacen y mueren sin vocación de permanencia.

Este es sólo un ejemplo diminuto de la nueva y silenciosa dinámica (llamémosla, punto de inflexión) que permea Nueva York con ocasión del Mundial y que se asienta con cada bar que prefiere sintonizar a Messi, a Cristiano o a Mbappé en lugar de a los Mets, a los Yankees o a los Knicks (bueno, a los Knicks no, un título de la NBA tras 53 años supera a cualquier partido, pero fue algo excepcional, como el paso fugaz de un cometa).

Puede que esta ocasión sea finalmente la vencida para la más grande ilusión por la que se frotan las manos los accionistas deportivos en todo el planeta: que a Estados Unidos, de hecho, le empiece a gustar el fútbol. Un momento de no retorno que eventualmente llegará gracias al trabajo realizado y el dinero invertido durante décadas en la liga local y el equipo nacional, y para el que los aficionados debemos estar preparados, pues la esencia del deporte que tanto queremos va a mutar totalmente una vez complete su proceso de asimilación en la mayor economía global. Cambios que ya empezamos a ver con ocasión de este torneo y con los que, para sorpresa de absolutamente nadie, todos parecemos estar descontentos.

Desde las tan polémicas pausas de hidratación, con sus cortes anticlimáticos en nombre del marketing, hasta el Panini kilométrico con más cromos de la historia, pasando por los precios estratosféricos de las entradas; la houstoniana cuenta regresiva para el inicio de cada tiempo; los comerciales de aplicaciones para apuestas sobre cualquier cosa que lentamente normalizan la ludopatía y hasta los distintos parches que lucen algunos jugadores y que, tarde o temprano, serán inmortalizados en algún producto de coleccionista para alimentar una industria especulativa que lo está fagocitando prácticamente todo. Asistimos impotentes como espectadores a la construcción de un complejo ecosistema monetario que pretende exprimir hasta el último centavo posible del espectáculo.

No es fácil determinar si la elección de Norteamérica como sede ayudó a acelerar la transformación del juego tal y como lo conocíamos o si justamente esta decisión fue el culmen de las reformas silenciosas que ya se venían implementando hace varios años por la FIFA para hacer los encuentros más atractivos en latitudes con poca tradición futbolística y para una nueva generación de televidentes que requiere de una estimulación constante con sucesivas descargas de dopamina, la misma que un parco cero a cero entre escuadras emergentes con pocas ocasiones de gol y sin estrellas rutilantes jamás le podrá otorgar. 

Lo cierto es que, en adelante, recordaremos el Mundial de 2026 como el instante bisagra exacto en que algo hizo clic dentro de nosotros y empezamos a ver esta competición con otros ojos, unos con tal vez menos ilusión y sin vuelta atrás posible.

Columna de Opinión e-mail: fuad.chacon@hotmail.com

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