Mundial 2026

Columnas de Opinión
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El mundo —o, por lo menos, el mundo del fútbol, que es bastante amplio— tiene hoy su atención puesta en los partidos del Mundial, un evento que moviliza miles de millones de dólares.

El impacto económico que genera una Copa del Mundo puede superar ampliamente los 50.000 e incluso los 100.000 millones de dólares, dependiendo del país anfitrión y de la metodología utilizada para medirlo. No existe una cifra única aceptada, pues cada estudio incluye variables diferentes: patrocinadores, derechos de televisión, turismo, hoteles, transporte y un largo etcétera que alimenta la economía global alrededor del espectáculo.

La Fifa, como organización, ha acumulado un enorme poder. Tiene más países asociados que la propia ONU; se da el lujo de vetar potencias como Rusia, que hace apenas dos mundiales fue anfitriona, y guarda un silencio que muchos consideran cómplice frente a algunos conflictos del mundo contemporáneo. Ha aprendido a mover con habilidad los hilos del poder y a elegir convenientemente a sus aliados de turno. El pasado jueves, mientras veíamos goles y jugadas de fantasía, Donald Trump firmaba en Versalles un acuerdo para poner fin al conflicto con Irán. Ese mismo Irán que hoy disputa el Mundial y que se dio el lujo de cantar su himno a todo pulmón en territorio del país que hasta hace poco era su adversario. Esa capacidad de imaginar lo impensable solo la tiene el fútbol y su extraña magia.

Más allá del negocio que, en ocasiones, parece herir de muerte al deporte —las pausas de hidratación al estilo de la NBA, la cantidad inusual de guayos color rosa o las pantallas gigantes saturadas de publicidad—, el fútbol sobrevive. Sobrevive a pesar de las élites, de los intereses económicos y de quienes intentan convertirlo únicamente en una mercancía. Sigue siendo barrio, pelota y pueblo. Sigue siendo popular.

Este deporte, en particular, nos permite creer, aunque sea por unos instantes, que el pequeño puede derrotar al grande y que cualquier equipo puede soñar con ser campeón. Las historias del Mundial son innumerables, pero me quedo con esta maravillosa reflexión del escritor argentino Roberto Fontanarrosa:

“Los refinadores de leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre el fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de papel y tinta. ¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo! El fútbol es —yo también lo creo— el juego perfecto”.

Y quizá sea precisamente eso: un juego perfecto. Perfecto porque nos permite soñar. Perfecto porque nos hace creer que lo imposible puede suceder. Perfecto porque, al final, para ser campeón solo hay que ir partido a partido. Después de todo, apenas son ocho partidos.

Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com