Soy joven, soy una mujer que ha construido su vida profesional entre el sector privado, el emprendimiento y quienes todos los días se levantan a generar oportunidades y empleo desde las regiones. Soy provinciana. Y profundamente orgullosa de serlo.
Vengo de una ciudad donde aprendimos que las oportunidades no siempre llegan; muchas veces hay que salir a buscarlas. Donde el trabajo no es una teoría ni una consigna política, sino la manera en que miles de familias llevan sustento a sus hogares. Donde el campo nos enseñó que nada florece por casualidad: hay que sembrar, cuidar, insistir y esperar.
Por eso, después de escuchar, analizar y comparar, he decidido votar por la fórmula de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo.
Y sí, lo hago desde la razón, pero también desde la esperanza.
Porque creo que Colombia necesita volver a poner en el centro algo que hoy parece escaso en la política: la decencia, la preparación, los valores, la formalidad y el respeto por las instituciones.
A José Manuel lo conocí mucho antes de verlo recorriendo plazas públicas. Lo conocí en la academia. Fue rector durante mis primeros semestres de pregrado y, sin saberlo, dejó en mí una enseñanza que todavía me acompaña: nadie va a hacer las cosas por uno; para que los sueños sean posibles, hay que actuar y trabajar por ellos.
Esa frase resume el país en el que creo. Un país donde el mérito vuelva a importar. Donde el esfuerzo tenga recompensa. Donde el Estado no sustituya la iniciativa individual, sino que genere las condiciones para que cada colombiano pueda desplegar su potencial.
Y quizás por eso me cuesta entender una política basada en señalar enemigos.
Porque mientras muchos han hecho campaña atacando, amenazando o sembrando miedo, José Manuel ha hecho algo distinto: proponer.
Ha hablado de cómo ayudar a los jóvenes a crear empresa. De cómo facilitar el acceso a educación pertinente y empleo digno. De cómo evitar que quienes generan trabajo, emprenden, producen y pagan impuestos sientan que su única alternativa es irse del país. De cómo fortalecer el agro colombiano para que vuelva a ser protagonista de nuestra economía. De la necesidad de reconstruir las relaciones internacionales, recuperar la confianza inversionista y generar cohesión en una sociedad agotada de la confrontación.
Y eso, para quienes nos movemos en el sector privado y hemos visto de cerca lo difícil que es sacar adelante un proyecto, generar un empleo formal o competir en mercados internacionales, no es un asunto menor.
La confianza también es un activo económico.
Por eso, aun en un contexto de TRM a la baja que afecta la competitividad de quienes exportamos, muchos seguimos creyendo que un gobierno conformado por esta fórmula podría devolverle al país estabilidad, previsibilidad y señales claras.
Porque los mercados reaccionan a las cifras, pero también a la confianza.
La verdadera amenaza que representa José Manuel no es contra quienes piensan distinto. La verdadera amenaza es contra la corrupción que se roba el futuro de nuestros jóvenes; contra la delincuencia que nos obliga a vivir con miedo; contra el desempleo que frustra proyectos de vida; y contra la informalidad que condena a millones de colombianos a sobrevivir sin garantías ni oportunidades.
Y quizás lo que más valoro de él es la forma en que habla de nosotros, los jóvenes. No desde la frase repetida de que “somos el futuro”. Nos reconoce como protagonistas del presente. Nos propone herramientas para educarnos mejor, emprender, innovar y acceder a empleo con un propósito muy claro: avanzar. Porque una generación no necesita discursos vacíos ni aplausos condescendientes. Necesita oportunidades reales para construir su propio destino.
No sé si José Manuel sea el mejor bailarín. No sé si sea el político más estridente o el que más likes acumule en redes sociales. Pero sí creo que es un hombre a la altura de los desafíos que enfrenta Colombia en este momento. Un hombre que entiende que gobernar no es improvisar. Que los compromisos no pueden quedarse en simples promesas de campaña. Que la política debe volver a ser sinónimo de servicio. Y que el país necesita menos egos y más resultados.
Mi voto no nace del fanatismo. Nace de la experiencia. De haber estudiado y trabajado en Colombia.
De haber recorrido regiones que sostienen este país mientras muchas veces son ignoradas. De conversar con productores, emprendedores, trabajadores y jóvenes que no quieren subsidios eternos ni discursos incendiarios: quieren oportunidades.
Y porque me niego a resignarme a creer que Colombia está condenada a escoger entre el miedo y la rabia.
Yo elijo la esperanza acompañada de preparación. Elijo la experiencia acompañada de decencia. Elijo la firmeza acompañada de propuestas.
Porque todavía creo que este país puede avanzar.
Y porque estoy convencida de que necesitamos poner a todos los colombianos a trabajar por un mismo propósito: hacer de Colombia un país donde el progreso deje de ser una promesa y vuelva a convertirse en una posibilidad real.
Por eso, mi voto es por Colombia.
Y precisamente por eso, mi voto es por José Manuel.