Antes de votar. Recuerda

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En Colombia votamos por instinto, miedo, resentimiento y, algunas veces, esperanza. Pero, contrario a lo que se piensa, esto no es necesariamente algo malo.

La historia de violencia y abandono de nuestro país ha construido miles de realidades. La mujer que sale a la calle con miedo, el empresario preocupado por su negocio, el joven que busca oportunidades o la víctima de la violencia: cada quien vota por lo que conoce, vive y siente.

Así llegó Colombia al 2022. Después de una pandemia, un paro nacional y años de escándalos de corrupción, millones de colombianos sintieron que el país necesitaba un rumbo distinto.

11.291.986 de ciudadanos llevaron a Gustavo Petro a la presidencia, apostándole a su promesa del cambio.

Después de más de dos décadas haciendo un ejercicio de oposición frente a los gobiernos de turno, Petro se convirtió en el candidato perfecto para canalizar este sentimiento que movía a los colombianos. Y esta vez, más allá del miedo y el resentimiento, dolorosamente Colombia votó desde la esperanza. La esperanza de una forma distinta de hacer política.

Gustavo Petro construyó su carrera denunciando la corrupción, cuestionando los abusos del poder y defendiendo que ningún gobierno debía estar por encima de los ciudadanos.

Pero la verdadera prueba democrática no está en la oposición, sino en la capacidad de sostener esos principios desde el gobierno.

Tres años después, el gobierno del cambio ha enfrentado una serie de episodios que han puesto en duda muchas de las promesas que llevaron a Gustavo Petro a la presidencia. Solo por mencionar algunos hechos, están el escándalo de los carrotanques en La Guajira y las investigaciones por el presunto uso de recursos de la Ungrd para influir en el Congreso; los episodios protagonizados por Armando Benedetti y Laura Sarabia; los cuestionamientos sobre la «milagrosa» Paz Total, que cierra este gobierno con un aumento del 102% en los secuestros; la propuesta de una asamblea constituyente; el récord de más de 62 cambios de ministros; los 5.300 millones de pesos en gastos y aportes no reportados de la campaña y las numerosas controversias protagonizadas por el propio presidente. Y la lista puede seguir.

No se exige encontrarnos cuatro años después con un país perfecto o libre de problemas. Los colombianos no esperaban un milagro, pero sí que las promesas de cambio se tradujeran en resultados diferentes.

Hoy nos encontramos con cifras como un aumento del 53% en la producción potencial de cocaína; una inversión privada en su nivel más bajo en veinte años; un aumento del 57% en extorsiones…

No obstante, la mayor decepción no radica únicamente en las cifras o en los escándalos, sino en las promesas incumplidas. El candidato que prometió unir al país terminó profundizando la polarización. El opositor que criticó los abusos del poder descubrió las ventajas de ejercerlo. El abanderado de la inclusión terminó silenciando y oprimiendo a las mismas voces que prometió llevar al poder.

Me gustaría ponerme una venda en los ojos y creer que la esperanza con la que millones de colombianos votaron en 2022 no fue traicionada. Que la política todavía puede cumplir la palabra que empeña.

Pero gobernar no es hacer campaña. Y un gobierno que pidió ser juzgado por sus resultados no puede pedir que se olviden sus promesas.

Por eso, Colombia,  es hora de despertar. 

Dejar atrás el odio, el resentimiento y la polarización. 

De recordar. 

Recordar a Miguel Uribe, cuyo asesinato nos llevó a un pasado que ya creíamos superado. 

De creer. 

Creer que merecemos una paz verdadera y líderes capaces de gobernar un país tan complejo como Colombia. Líderes que entiendan que gobernar exige coherencia, no dividirnos entre buenos y malos o ricos y pobres.

Ojalá que esta vez, Colombia, no vote desde el odio.

Que tampoco vote desde el miedo.

Que, después de tanto dolor, aprendamos a votar desde la memoria, recordando también lo que vivimos estos cuatro años.

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