“Ninguna democracia puede prosperar si quienes pierden la elección no son capaces de reconocer los resultados y mucho menos, si consideran ilegítimo todo aquello que desarrolle el gobierno de quien gana.”
Las elecciones presidenciales no resuelven con inmediatez los problemas de una nación. Apenas deciden quién tendrá la responsabilidad de enfrentarlos. Por ello, el valor real de una victoria política no se mide en la euforia de la noche electoral, sino en la capacidad de gobernar y transformar esa confianza ciudadana en resultados.
Si este domingo Abelardo de la Espriella resulta elegido presidente, -como lo señalan las encuestas-, iniciará una etapa en la que se pondrá a prueba las promesas de campaña y la capacidad de gobernar en medio de una sociedad profundamente dividida. Ningún mandatario gobierna únicamente para quienes votaron por él. Pero tampoco ninguna democracia puede prosperar si quienes pierden la elección no son capaces de reconocer los resultados y mucho menos, si consideran ilegítimo todo aquello que desarrolle el gobierno de quien gana.
La estabilidad de un país depende tanto de la responsabilidad del gobierno como de la madurez de la oposición.
Atendiendo nuestro antecedente, a partir del día siguiente a las elecciones, la izquierda democrática colombiana regresaría al terreno donde históricamente ha encontrado mayor fortaleza: la oposición. No necesariamente en el Congreso ni en los debates institucionales, sino en calle, a través de la movilización ciudadana permanente, en la protesta constante y en la construcción de un clima de resistencia frente al nuevo gobierno.
Colombia ya vivió estas jornadas de enorme tensión social.
La protesta es un derecho. La crítica es indispensable. La vigilancia ciudadana fortalece la democracia. Empero, existe una diferencia entre ejercer esos derechos y convertir la confrontación permanente en una forma de hacer política.
De todo esto emerge algo profundamente positivo: los actos de corrupción de los funcionarios públicos volverán a ser condenados sin excusas ni relativizaciones; se retomará el conteo de los líderes sociales y comunitarios asesinados; y las masacres perpetradas por la insurgencia volverán a registrarse con la gravedad y la atención que merecen.
El próximo desafío de Colombia no será elegir un presidente. Estará en demostrar que la democracia es algo más que ganar o perder una elección. Será aceptar que el país necesita gobiernos comprometidos, pero también una oposición política responsable.
Es mi palabra ∴