La ciudadanía frente al poder público

Columnas de Opinión
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La Constitución Política de 1991 nos trajo una idea verdaderamente transformadora: dejar de ser espectadores pasivos que solo aparecemos cada vez que hay elecciones y convertirnos en ciudadanos activos, con el carácter suficiente para vigilar, intervenir, cuestionar y controlar la gestión pública.

En ese sentido, la participación dejó de ser un favor y pasó a ser un derecho político y social inalienable. Por eso, el artículo 270 de la Constitución ordenó que la ley organice los sistemas necesarios para que la comunidad vigile la gestión pública en todos los niveles de la administración.

Sin embargo, la tragedia cotidiana no radica en la falta de herramientas, sino en que su uso suele ser débil, tardío o meramente formal. Muchos intuimos la importancia de participar, pero no siempre conocemos el poder real que encierra. De igual manera, muchas entidades públicas hablan de inclusión, pero la reducen a una lista de asistencia, a encuestas superficiales o a escenarios donde la comunidad escucha, pero no decide.

Por eso, la participación ciudadana debe entenderse como una forma de control democrático y de dignidad social. Participar no es aplaudir los proyectos del gobernante ni acompañarlo en sus decisiones; participar es examinar si esas decisiones responden verdaderamente al interés general. Significa perder el miedo a preguntar, exigir documentos, radicar peticiones, asistir a audiencias, conformar veedurías, fiscalizar contratos estatales y denunciar irregularidades. Dicho sin rodeos: participar es incomodar legítimamente al poder.

Dentro de esta lógica, el derecho de petición se convierte en la puerta de entrada a la ciudadanía activa. Este mecanismo no es un simple trámite burocrático, sino una llave que permite exigir respuestas prontas y de fondo ante las autoridades. Su valor radica en que el acceso a la información es el oxígeno de la democracia: sin información verídica estamos ciegos, y sin una respuesta clara y oportuna, el control ciudadano se vuelve una ilusión.

Esa misma necesidad de transparencia explica la importancia de las veedurías ciudadanas. A través de ellas, las comunidades adquieren el poder real de revisar con lupa en qué se gasta cada centavo del presupuesto público, evaluar si los funcionarios de verdad están haciendo bien su trabajo y verificar que los planes, las obras del barrio y los contratos estatales se cumplan al pie de la letra y no se queden enterrados en el olvido. Sin embargo, en el día a día quien se arma de valor para vigilar suele estrellarse de frente contra la resistencia oculta de las instituciones, esperas eternas para que les entreguen un simple documento público. 

Ante este panorama, la gran tarea democrática no consiste solo en conocer los mecanismos legales, sino en formar ciudadanos con criterio y valentía para utilizarlos. Una comunidad que no pregunta no controla; y una comunidad que renuncia a controlar termina aceptando y normalizando los abusos del poder.

Por supuesto, toda la carga no puede caer sobre los ciudadanos. El Estado debe abandonar la vieja costumbre de mirar la intervención comunitaria como un estorbo. Rendir cuentas no es un acto de generosidad institucional, sino una obligación constitucional. El ciudadano que reclama información exige transparencia o interpone un recurso no es enemigo de la gestión pública: es el verdadero dueño de lo público.

En síntesis, la participación ciudadana es mucho más que un discurso romántico o un eslogan de campaña. Es una herramienta viva de vigilancia, una garantía contra la arbitrariedad y una expresión concreta de la soberanía popular. 

Aunque la idea fue verdaderamente transformadora, todavía habita una cultura política en el ciudadano que le teme al debate y a la veeduría. Se le invoca en los discursos, pero se le ignora en las decisiones reales. El fracaso no está en el espíritu de la Constitución de 1991, sino en una práctica institucional que todavía le teme al ciudadano informado. 

Porque una democracia que solo permite participar cuando el ciudadano es sumiso y no incomoda al gobernante no es verdaderamente participativa: es apenas una democracia decorativa.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co