El alma dictatorial de Petro

Columnas de Opinión
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No hay duda de que el presidente Petro piensa que está manejando una finquita, pero no como si fuera el mayordomo, se cree el dueño. Por eso, a menudo se siente facultado para tomar decisiones que no le competen o para las que no tiene atribuciones. Y, como pretende ser el líder galáctico de las estrellas, se comporta como ‘luz de la calle y oscuridad de la casa’.


Como tal, Petro no ha podido superar que Trump lo dejara sin su narrativa pseudohumanitaria y hasta vetara su presencia en el acto en el que se firmó la paz entre Israel y Hamás, al que sí fue invitado, en representación de Latinoamérica, el presidente de Paraguay. Por eso, a manera de desquite, Petro se sacó de la chistera el cuento de donarles a los niños de Gaza el oro incautado a los narcotraficantes, como si aquí no hubiera niños pobres que aguantan hambre en el Chocó y La Guajira, para no ir muy lejos.

Así como el presidente no tiene facultades para romper unilateralmente el tratado de libre comercio con Israel, y dejarle de exportar carbón, muchísimo menos las tiene para donar las riquezas del país. Petro, si quiere, puede mostrarse dadivoso y magnánimo con sus centavitos, pero no con lo que nos pertenece a todos los colombianos.

Y así es con todo este reyecito. ¿Tiene derecho Petro a poner en riesgo miles de empleos por anteponer su agenda ideológica en las relaciones con EE.UU.? ¿Tiene derecho a perder la ayuda económica de los gringos por dárselas de digno y romper relaciones con ellos? ¿Tiene derecho a poner en riesgo la estabilidad energética del país por creerse el líder medioambiental del mundo? ¿Tiene derecho Petro a hacer vender a bajo precio el Permian (Texas), que es el campo más productivo que tiene Ecopetrol, solo porque no le gusta el fracking y quiere una transición energética alocada?

Este señor insiste en el cuento de integrar las policías y los ejércitos de Colombia y Venezuela como si el país vecino fuera una democracia y estuviera dirigido por gobernantes legítimos, que claramente no lo está. Un país del que su fuerza pública se ha convertido en sostén del régimen en detrimento del pueblo. Unas instituciones que encabezan toda una maquinaria de represión que ha hecho imposible que el gobierno autoritario de Maduro caiga y que el chavismo, el socialismo del siglo XXI, pase al basurero de la historia.

De hecho, ahora que Trump considera a Petro como un narcotraficante ninguno de nuestros efectivos se debería hacer inmolar si los gringos vinieran por este sujeto. Mucho menos lo deben hacer por el vecino. Es más, las Fuerzas Militares y de Policía deben estar preparadas es para contener la asonada nacional que está en ciernes -otro ‘estallido’-, primero con la excusa de solidarizarse con Palestina y ahora con la de rechazar la injerencia de los Estados Unidos.

Ya es hora de no permitir más asonadas hacia nuestras tropas y que ataquen a nuestros uniformados hasta con flechas. No se puede permitir que estos grupos terroristas, como el Congreso de los Pueblos, nos incendien el país, justo ad portas de la época electoral, para que no haya comicios y Petro se quede. La obligación de la Fuerza Pública es con la Constitución y la ley, no con el gobernante de turno, y justo cuando está jugado a pactar con criminales de toda laya para atornillarse al trono. Ayuda divina vamos a necesitar para salir de este mal paso.

 
Columna de Opinión e-mail: saulhb@gmail.com