El arte es una manifestación de inteligencia y sensibilidad que, precisamente por eso, por sus extraordinarias sinceridad y fuerza, deviene necesaria en la rutinaria vida diaria, a pesar de que haya quienes todavía no lo sepan. A lo mejor por esa razón, algunos de los autores se toman tan en serio su papel de artistas (¿los escritores lo son?), que incurren, seguramente por apasionamiento desbordado, en impresionantes exageraciones. Así debió de interpretarlo Mario Vargas Llosa cuando escribía, en su famosa novela La tía Julia y el escribidor, unas de las frases más crudas, alguna vez dichas, sobre el tema: "La mujer y el arte son excluyentes, mi amigo. En cada vagina está enterrado un artista". Expresión polémica ya en su momento, aunque quizá mejor entendida que hoy.
Tampoco es que sea muy fácil saber quién es artista y quién no. El otro día, por ejemplo, anduve perdiéndome entre los mares humanos de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25, que, a pesar de su nombre mamotrético y rimbombante, no es nada interesante. Se trata de una supuesta declaración de felicidad, arquitectura, urbanismo, anticapitalismo…, todo junto, del mismo modo, en sentido contrario, etc. Pues así es la propaganda: confusa, inconexa, profundamente emotiva, y, sobre todo, repetitiva y asfixiante. Parece que la Alcaldía Mayor de Bogotá se gastó 7.000.000.000 de pesos del contribuyente local en la organización de un evento por completo prescindible, que no transmite nada, ni ayuda a nadie, más allá de fomentar la cuestión panfletaria tan de moda.
Pero no nos engañemos: por más falsa que sea una puesta en escena, ella no es menos peligrosa, especialmente cuando el público que la consume es vulnerable ante la pirotecnia de su efectismo populista. Por lo demás, no tendría nada de raro que hubiera una exposición más, o una menos, de este tipo, si no fuera porque el atosigamiento mediático con que contó este evento denota un esfuerzo infrecuente desarrollado entre entidades estatales y privadas. Es inevitable preguntarse acerca de las circunstancias que rodean a este despliegue publicitario y presupuestal, pero no es muy difícil llegar a la conclusión de que nos encontramos, y no solo en Bogotá, en medio de un esfuerzo wokista bastante conveniente para el escenario político actual, ya en su recta final.
Ahora bien, no solo en Colombia se ve esto. En Argentina, por ejemplo, aún se acuerdan de la época kirchnerista, en la que proliferaban como plagas expresiones mal llamadas de arte callejero, con las que se pretendía adoctrinar a la juventud de aquel país sobre lo que debería tolerarse y ensalzarse en adelante en nombre de la cultura (cuestiones relacionadas con la orientación sexual de las personas, ante todo). Afortunadamente, el pueblo argentino se resistió en su mayoría a seguirles el juego a los amigos del caos, y no solo respecto de la aparentemente inane actividad seudoartística, sino en eso de los mensajes que se sueltan a propósito por la ventana de la infamia para su contagio masivo. Es, al menos, paradójico, que el invocado arte, aquella cosa absorbente que el personaje de Vargas Llosa ponía, increíblemente, al nivel de la mujer, a veces sea solo guerra por otros medios.
Columna: Toma de Posiciones
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