Admirables son, por decir lo menos, aquellas civilizaciones que lograron adaptarse a entornos difíciles para los demás humanos. Por ejemplo, los saami se adecuaron a las gélidas temperaturas del Sápmi, región continental europea muy cercana al Polo Norte; viven del reno, la pesca, las pocas bayas de la zona, escasas verduras y menguados lácteos. Las asfixiantes alturas andinas fueron vencidas por la civilización inca; muchas ciudades importantes de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia se encuentran por encima de los 2500 metros de altura y algunas más allá de los 3000. Cusco, el ombligo del imperio inca, nos cuenta desde Moray cómo adaptaron desde el litoral y la selva especies vegetales y animales necesarias para sobrevivir allí. Una prodigiosa civilización demasiado avanzada, muchas de cuyas tecnologías aún están por comprender y aplicar por estos tiempos.
La humanidad ha logrado sobreponerse a las inclemencias de ciertos territorios; se pudo adaptar al frío extremo, al agobiante calor o a las alturas de los cóndores. Sin embargo, algunos creen en la posibilidad de vivir por fuera de los ambientes terrestres; por ejemplo, inmersos el mar, flotando en el espacio o colonizando otros planetas; las dificultades son invencibles por ahora y no creemos que la humanidad logre superar tan complejos retos. La vida en ciudades submarinas es apenas conceptual; Ocean Spiral es un proyecto japonés que propone una urbe sumergida en forma de espiral descendente que se convertiría en la vivienda autosuficiente y sostenible de miles de personas, con capacidad de generar su propio oxígeno y alimentos mediante el cultivo de algas y la acuicultura. El Reino Unido concibe un complejo de investigación, educación y entretenimiento a unos 80 metros de profundidad en Gloucestershire. Los desafíos son gigantescos; estructuras resistentes a la presión extrema (cada 10 metros de profundidad equivale a una atmósfera de presión), especialmente si se busca profundizar las ciudades con dimensiones similares a los rascacielos invertidos; la forma de las ciudades influirá en el tamaño, estructura y profundidad de tales urbes, el control de la temperatura, la oscuridad, la producción de alimentos, oxígeno y agua potable son retos complejos y costosos, así como las corrientes submarinas y el aumento del nivel del mar. Por ahora, las ciudades flotantes y semisumergibles son opciones viables.
El espacio sideral es una solución poco razonable, más allá de los proyectos de investigación. La ausencia de atmósfera, la radiación cósmica, las temperaturas extremas, la falta de agua y alimentos y otros factores impiden la vida permanente allí. La brutal radiación no menguada por la presencia de una atmósfera genera enfermedades graves como el cáncer; la microgravedad causa lesiones como descalcificación ósea severa y atrofia muscular, trastornos cardiovasculares, alteración de la visión o desórdenes inmunológicos, amén de los evidentes riesgos psicológicos causados por la convivencia en espacios reducidos. Agreguemos la imposibilidad de atención médica y el desfase de las comunicaciones como factores adicionales de alto riesgo. El espacio exterior es hostil y letal para el ser humano aún con protección artificial.
Los proyectos de erigir ciudades en otros planetas no pasan de ser utopías irrealizables; La ausencia de atmósfera, el principal inconveniente, permite cambios bruscos de temperatura, desde calores extremos durante el día y agobiantes noches gélidas; adicionalmente, en planetas “cercanos” (decenas de millones de kilómetros) nada detendría la lluvia de meteoritos, las presiones serían incompatibles con la vida, los gases venenosos en cualquier superficie planetaria detendría la vida; la energía necesaria para trasladar una nave interplanetaria es de complicada obtención, y sería un viaje sin retorno. Llevar materiales para construir bóvedas inmunes a las inclemencias de Mercurio, Marte o Venus es imposible a la fecha. Hay un kilométrico etcétera.
Soñar no cuesta nada, dicen. El ingenio humano ha superado pruebas “imposibles” y ha logrado desarrollo que superaron las burlas de los escépticos. Mucho debe desarrollarse para ver realizadas estas utopías. Mientras tanto, me declaro incrédulo y pesimista, mientras no cambien las leyes de la física.
Columna: Coloquios y Apostillas
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