Azul

Columnas de Opinión
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Decían en tiempos pasados que los hombres tenemos menor capacidad biológica que las mujeres para distinguir entre las tonalidades de los colores; pero como algunos quieren que la biología pase de moda, esto ya no se puede decir en voz alta. Acaso tampoco se pueda escribir (?). Ahora bien, de ser cierto lo de la miopía cromática masculina, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quizás sea una excepción; resulta que durante el primer año de pandemia, y sin que nadie se diera cuenta, el petimetre heredero del emperador Napoleón I decidió cambiar el azul de la bandera tricolor de su país para que pasara del cobalto, que es relativamente claro, a un azul que llaman marino, sobre todo si se habla de un mar ventoso y gélido, que por eso mismo debería de ser más oscuro. 

De acuerdo: Macron no es el primer presidente francés en mudar un símbolo nacional a su antojo. Ya en 1976 lo había hecho el finado Valery Giscard d'Estaing, famoso en vida por ser receptor de coimas africanas, escritor de malas novelas románticas, mujeriego y tocón, y, especialmente, europeísta de raza. Entonces este esgrimió una justificación ridícula: el azul cobalto que impuso se asimilaba al azul de la bandera de la Unión Europea, lo que dio a entender que, para él, era deseable celebrar la (¿antiyanqui?) unidad continental; por su lado, una vez cuestionado sobre el rediseño del pabellón que ordenó sin consultar, Macron también adujo una razón fatua, puede que anacrónica: el azul marino reinstaurado fue el mismo usado en la enseña de los revolucionarios de 1789. 

Parece que Macron siempre encuentra la manera de estar vigente en las charlas de café, por activa o por pasiva. Últimamente se supo de la extraña situación captada en el vagón de un tren que aquel compartía con los líderes de Alemania y el Reino Unido, lo que pareció explicar por qué las cámaras de televisión viven registrándolo con recurrente picazón en la nariz. (¿Consumían cocaína o droga similar estos caballeros proeuropeos, y si sí, lo hacían mientras decidían “estratégicamente” sobre la guerra en Ucrania?). Pocos días después de esto, vimos la gaznatada de comedia vieja que le dio su enigmática señora antes de hacerlo bajar con aturdimiento del avión presidencial en Vietnam, tema que obligó al cabecilla de la “multiculturalidad” de hoy a dar unas palabras poco convincentes.

Su ministra de Presupuesto, Amélie de Montchalin, tampoco ayuda con lo de las narices, pues hace poco fue pillada por las cámaras comiéndose los mocos en plena sesión pública; así, paralelamente, la freudiana ministra parece darle la razón a Donald Trump en lo de la persecución a los extranjeros de Harvard, donde estudió gobierno De Montchalin. Macron, que, por su parte, se formó en posgrado en la catedral francesa de la socialbacanería, Sciences Po, ya había dejado la vara alta en materia de, digamos, espontaneidad, cuando en 2018 abrazó sonriente a dos delincuentes sudorosos de la isla binacional de San Martín, en el Caribe, y en Francia los más juiciosos empezaron a preguntarse si eso de ser europeísta y globalista no vendría con otras cosas. Aunque, en principio, que el azul de la bandera sea más o menos vivo no tiene ninguna importancia, las señales se envían por algo.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM