Empresarios generosos y prosperidad

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

La noticia pasó casi desapercibida en medio de las perpetuas tragedias nacionales; no hubo despliegue periodístico.

Hace pocos días, los casi 2.000 empleados de la compañía Grenda Transports, del empresario australiano Ken Grenda, se llevaron tamaña sorpresa al ver sus cuentas bancarias súbitamente aumentadas de modo tal que lo entendieron como un error; se comunicaron con sus bancos, pero no había tal.

Calificado como "el empresario más generoso del mundo", "el jefe al que todos quieren", a manera de aguinaldos depositó en las cuentas de sus trabajadores sumas que oscilaban entre los USD 850 y los 30.000, por haber contribuido al éxito de la empresa, dependiendo de su cargo, antigüedad y compromiso con la empresa.

La familia Grenda había vendido parte del paquete accionario a inversores, y Ken decidió compartir sus ganancias con quienes le ayudaron a llegar al lugar en el que hoy se encuentra. USD 15 millones recibieron los empleados. "Una empresa llega a ser todo lo buena que es por la gente que trabaja en ella, y nuestros empleados son fantásticos", aseguró Grenda.

El desarrollo económico de un país depende en buena parte del poder adquisitivo de las gentes del común. Una clase media grande con capacidad de compra jalona la producción y el comercio; pero nuestros economistas aun creen que, según su particular lógica, esto causa inflación, eterno "coco" de ellos, y nos lo repiten a diario como letanía a memorizar, como si los desvalidos estuviesen condenados al infierno de la pobreza. Lula Da Silva, que sí conoce las extremas limitaciones de dinero, les demostró a esos asépticos personajes que la ortodoxia académica no siempre camina por las vías de la cotidiana realidad. El expresidente, nacido de la profunda miseria del nordeste brasileño, con lógica socialdemócrata aumentó durante cinco años el salario mínimo en un 62%, muy por encima de los "IPC" y demás indicadores, sin que se hubiera presentado el temido fantasma inflacionario; ese solo hecho sacó de la pobreza a millones de sus compatriotas, repartiendo mejor las cargas económicas del vecino país.

Los efectos de sus decisiones son más que visibles: hoy Brasil es la sexta economía mundial, ahora por encima de la Gran Bretaña; el PIB aumentó de manera cinematográfica; el desempleo bajó sustancialmente; la balanza comercial es ahora mucho más favorable; la deuda externa es bajísima; en resumen, todos los indicadores mejoraron gracias a sus acertadas disposiciones, pensadas para el beneficio general. ¿Y la inflación? Bien, gracias. La más baja en muchísimos años.

Todo esto de la mano de políticas sociales en beneficio de los desprotegidos, con educación, salud y empleo a la cabeza; una política exterior con nuevas rutas y un número mayor de socios comerciales; la gestión ambiental apunta a la protección de los bosques, sus ecosistemas y su biodiversidad, reduciendo dramáticamente la deforestación del Amazonas. Brasil, un país capaz de producir todo, ha tomado el liderato regional y se ha proyectado como una de las tres grandes potencias emergentes, al lado de China, India y Rusia.

Discusiones bizantinas se presentan entre defensores y detractores de los distintos sistemas políticos en las que se defienden modelos económicos rígidos sin tener en cuenta la inestable realidad del pedestre viandante.

El norteamericano Henry Ford, un iluminado mecánico que creó su propia fábrica e introdujo la cadena de producción para los automóviles, incentivó salarialmente a sus trabajadores para que no solo le compraran sus coches, sino que también se sintieran orgullosos de pertenecer a su factoría, de la cual más tarde recibirían acciones como estímulo por sus logros.

Ícono del capitalismo, para mediados de la década de los 20 contaba con 88 fábricas y producía 2 millones de autos cada año; la gente se peleaba por trabajar en la Ford Motor Company. Demostración clara de que la prosperidad, más que producto de un sistema económico, es asunto de voluntad política.

Ejemplo de ello en Colombia es el empresario pereirano Arturo Calle, el de los almacenes de ropa que empezó con mínimos recursos hace 50 años. Dice este exitoso emprendedor: "Hay que dejar el afán por acumular riquezas.

El dinero es hermoso siempre y cuando se use para buenas causas. La mayor riqueza es el don del desprendimiento. No se debe hacer bien para 'pantallear'. Mi empresa ayuda a más de 200 fundaciones con sumas fijas periódicas". Qué gran ejemplo nos presenta alguien que, además retribuye bien a sus empleados, paga cumplidamente todos sus impuestos, es modelo de renovación constante y gran generador de puestos de trabajo.

Lo mejor de todo: sin aspavientos. Después de todo, no se logra prosperidad si el dinero de una nación no fluye entre todos sus habitantes. Ah! Cuantos Lula, Henry Ford y Arturo Calle nos hacen falta en el país, aun cuando haya quienes piensen que es mejor acabar con las gallinas de huevos de oro.

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