Herederos del heresiarca

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

O mejor: “La herencia maldita del heresiarca”. Pues se ha demostrado que nada de lo que hemos vivido hasta ahora como nación fue vaciado inerte en la caneca de la basura; todo el pasado está conectado, no hace falta más que echar un vistazo hacia atrás para unir los puntos de la historia reciente. Carlos Gaviria, el fallecido abogado antioqueño, magistrado de la primera Corte Constitucional a partir de marzo de 1993 (la Corte que más margen de maniobra jurisprudencial tuvo), candidato presidencial en 2006 y autor del libro que vende sus ponencias de providencias judiciales como si fueran ensayos académicos, titulado Sentencias: herejías constitucionales, es el responsable indirecto desde ultratumba de que haya hoy quienes se atrevan a jugar con candela.


Ese Gaviria, tótem de la izquierda, fue el que, en un debate acalorado hizo una confesión terrible, que sería la base, digamos iusfilosófica, del delito político que harto ilusiona a los que hoy gobiernan: “Una cosa es matar para enriquecerse y otra matar para que la gente viva mejor”. Al modo de Federico Nietzsche, cuyos delirios suprahumanos bien que sirvieron a los nazis alemanes, con esa postura que de liberal no tiene nada (que está “más allá del bien y del mal”), Gaviria elaboró profusamente su sofisma para justificar lo que no tiene justificación: el crimen vale y debe ser impune cuando haya un supuesto ideal en medio. Se entiende por qué el pueblo colombiano no eligió a este sabio en 2006 y prefirió a Álvaro Uribe por segunda vez, con todos sus defectos, que nadie ignoraba.

Igual que si padeciéramos en directo un hipotético capítulo colombiano de Los juristas del horror, el libro de Ingo Müller que cuenta cómo se malograron los abogados más sesudos de un país de gente sesuda como Alemania, hoy toca escuchar disparates. Recuerdo al profesor Eduardo Montealegre, en 1999, recién llegado a Colombia desde el país de Müller, en sus clases sobre la entonces moderna y racional teoría de la imputación objetiva en derecho penal, y su semblanza actual me resulta incompatible: ¿cómo puede invocar una dizque “herejía constitucional”, al estilo Gaviria, para tratar de darle vida jurídica a un engendro como lo es la imposición de una constituyente de sombrero de cubilete, que además no es ninguna heterodoxia y que más bien parece el abono de un autogolpe?

Pero Montealegre no es el único, ni será el último. Por razones sabidas, el poder presidencial es seductor, y, en esa medida, este podría alcanzar hasta para cubrir la cuota inicial del proyecto de prolongación indebida del período petrista: la división de la oposición. Por un lado vemos a algunos congresistas, a atrevidos periodistas, exigiendo las explicaciones cuyas respuestas a todos nos deberían interesar sobre la actualidad del país, incluidas las reformas y los escándalos. En la otra orilla acechan los que fingen estar en contradicción con el Gobierno, pero que solo andan fluyendo con su corriente e intentando medrar mientras tanto; son manzanillos, mercaderes de la salud o de las pensiones, o ya periodistas desnaturalizados. Atienden a la máxima de Richelieu, según la cual, en política, la lealtad es simplemente una cuestión de fechas. Aunque se trate de lealtad a la patria.

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