Siniestros terrestres

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El 4 de mayo pasado se conmemoraron en Turín los setenta y cinco años de la tragedia de Superga, cuando el avión que traía de vuelta desde Lisboa al local Torino, entonces el mejor equipo de fútbol del mundo, se estrelló contra la iglesia del siglo XVIII bautizada con aquel nombre y ubicada en lo alto de una colina de las afueras turineses. La nave fabricada por la Fiat se cebó en el templo para no dejar sobrevivientes, al punto de que Vittorio Pozzo, técnico de la selección italiana, tuvo que ir a reconocer los cuerpos de los jugadores, que eran la base del cuadro nacional. A Sauro Tomà, marcador zurdo de veintitrés años, no lo llevaron a Portugal por una lesión de rodilla; para consolarlo, su esposa le advirtió, la velada anterior a la salida, que presentía que no viajar había sido lo mejor. 

Además del problema de meniscos que ya sufría, Tomà nunca recobró la “serenidad de mente” de que disfrutara antes de la muerte de la totalidad de sus compañeros, y su carrera terminó pronto. Otro que perdió el trabajo después de un accidente aéreo fue el capitán inglés James Thain, cuyo aeroplano, en el tercer intento de despegue en la ruta que iba de Múnich hacia Mánchester, el 6 de febrero de 1958, se salió de la pista sin levantar vuelo. Expiraron ocho jugadores del Mánchester United y quince personas más. Al piloto militar Thain siempre lo han culpado del hecho en Alemania, a pesar de la absolución oficial posterior, dada allí once años tarde. El capitán fue despedido en 1960 y jamás volvió a volar comercialmente; se retiró a su finca y sucumbió de un paro cardíaco en 1975. 

El 29 de noviembre de 2016 Colombia amaneció con la noticia de que, a cinco minutos del aeropuerto José María Córdova, el avión boliviano en que venía el Chapecoense de Brasil a jugar una final había impactado en un cerro debido a la falta de combustible, lo que dejó finalmente setenta y un fallecidos. Seis días adelantado, exultante por la clasificación lograda, el entrenador brasileño anunció que ya podía morir tranquilo; Rafael Henzel, periodista sobreviviente del siniestro aeronáutico, pereció un par de años después jugando fútbol, de un ataque al corazón; y uno de los futbolistas supérstites contó recientemente que, con anterioridad, había soñado que la aeronave en la que iba se apagaba y caía al vacío, y que él emergía de entre los restos de la noche, en una montaña lluviosa.

Claro, no era la primera vez que en Suramérica ocurría cosa similar. En la temprana penumbra del 8 de diciembre de 1987, el Alianza Lima estaba aproximándose a la costera capital peruana después de jugar en la Amazonía y ganar su partido por la mínima, cuando el Fokker de la Marina de Guerra pilotado por el teniente de veintinueve años Edilberto Villar cayó al frío del océano Pacífico, cerca del litoral de la virreinal metrópoli. Presumiblemente, al presentarse el contacto acuático, el cuadro aliancista, de la entraña popular del país vecino, perdió la vida de inmediato; menos el delantero Alfredo Tomassini, que luchó mientras pudo en la oscuridad del agua. El piloto Villar, en realidad el único que hoy puede contar la historia, por su parte compensó con aguante de nadador el temple experiencial que le faltaba para el vuelo nocturno afortunado. Vive en Australia desde hace mucho.



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