Inutilidades exquisitas

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

A riesgo de parecerme a Félix Grandet en su lecho de muerte, el padre de Eugenia en aquella novela de Honorato de Balzac, confieso que me gustan las monedas, las de todos los países, épocas, denominaciones, colores, metales y… olores. Porque las monedas huelen, no solo a sangre (o sea, al hierro de la reacción producida al contacto con el cuerpo humano), o a la pátina que suele recubrir a los mejores hallazgos numismáticos, sino a pasado e incluso a historia; es decir, a esclarecimientos del presente. Ahora bien, me aparto del viejo Grandet en que él, moribundo, se aferraba a su oro monetario justamente por apenas su valor intrínseco, mientras que a los que estudiamos monedas eso nos da lo mismo, puesto que nos basta con que una pieza de dinero fiduciario exista, incluso si no ha circulado, para hallarle la gracia, la belleza y creo que hasta el supuesto significado oculto.

No menos gris que lo anterior debe de resultar para el común de los mortales la averiguación de los nombres de las calles, plazas, parques, avenidas o pasadizos que sirven a una ciudad. Sobre esto, sabemos que aquí se dio trámite a la expansión urbana a partir de la española costumbre de bautizar los bienes de uso público con designaciones nacidas del sentido común; por ejemplo, desde haber llamado a una vía “calle de la Fatiga”, en La Candelaria, en razón de la insuficiencia respiratoria que antes como ahora implicaba subir esa pendiente pedregosa durante un paseo al azar, acaso con el látigo de la llovizna eterna en la cara y la mirada puesta hacia los cerros santafereños. En fin: cosas que no interesan a nadie, y que, no obstante, de hacerlo, ello se debería más bien a lo no dicho.

Pues en lo que no se dice suele haber materia, si se la busca. Tomemos por caso a la disciplina del derecho, que es ciertamente una creación de la historia, aunque esa idea resuene comunista: cada vez que se exige un trato igualitario en medio de cualquier diferendo, cuestión cotidiana, indirectamente se invocan los fantasmas de las revoluciones de burgueses, habidas en otros lugares y tiempos, pero que reclamaron la igualdad solo en un exclusivo favor. En el asunto de las calles, lo silenciado quizás sea que en algún momento los colombianos dieron la espalda a su origen hispánico y, como un aporte facilón a la urgente nacionalidad, reemplazaron el nombramiento catastral de la sabrosa literalidad campesina, que vino de la península, por el del sentimental agasajo a los políticos.

Cada loco con su tema: si a un pueblo le gusta homenajear políticos, pues que homenajee políticos. Al fin y al cabo, tales individuos son los que hacen las leyes, es decir, el derecho. En este sentido, puede ser que valga la pena revisar si lo verdaderamente solapado en el caso del derecho no son las revoluciones burguesas, sino aquel mérito nada evidente de los que se hacen elegir, a dedo o por las masas, para ejecutar el tesoro público. Tesoro, no faltaba más, hecho de monedas de curso legal, y que entonces valen, estas sí, por su capacidad para transformar la realidad de un pagador; no como las desusadas, que, si algo llegaran a importar como objetos, así sería por la ilusión que insuflaron alguna vez en los habitantes de un entorno, animado a fuerza de tintineos recíprocos.

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