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Solo contra el mundo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El 25 de junio de 1982 se enfrentaron en Gijón, España, con ocasión de la fase de grupos de la Copa Mundial de Fútbol que organizaron los ibéricos, las selecciones de Alemania Federal y Austria (¿será necesario aclarar que hablo de las selecciones de varones adultos de esos países?). Es ya toda una leyenda negra lo que allí pasó: los dos equipos mencionados, quizás ridículamente conmovidos por sus afinidades culturales, pactaron un resultado para clasificarse ambos y así dejar por fuera a la corajuda selección de Argelia. Los Zorros del Desierto habían vencido a esos alemanes de Occidente, campeones europeos vigentes, caído ante Austria y derrotado a Chile. El marcador acordado en la dicha conspiración era el de la mínima ventaja a favor de Alemania Federal, y ambos equipos germánicos, tan organizados, cumplían por el momento fielmente su palabra. 

Los españoles asistentes al estadio ese día no quisieron quedarse callados ante el fraude que fueron obligados a presenciar: les gritaron a los veintidós jugadores siempre en cancha cosas que seguramente estos no entendieron por la barrera idiomática, pero que a no dudar terminarían por comprender en su sentido más elemental debido al tono despreciativo de los aficionados. Ante la evidente estafa que estaban cocinando al paso de los minutos, con su renuencia a jugar al fútbol, y en medio de los gritos de simpatía por la causa argelina, les fue recordada a los tramposos, además, aquella cuestión hispánica de que su hombría se había puesto en tela de juicio, desde que decidieron no competir; y ello se hizo a partir de un viejo cántico que no por infantil resuena menos vergonzoso, con el que el público a su vez se vengó en nombre ajeno: “¡Que se besen…, que se besen…!”. 

Eso es lo que pasa cuando no te comportas con la seriedad debida. O, como dicen que dijo el ahora racista John Wayne: “La vida es dura, pero es más dura si eres imbécil”. A Austria luego la mandó a Viena una Francia poco prevalida del África Central, no como hoy, y a Alemania Federal la despachó Italia en la final. Acaso Argelia pudo haber superado en últimas a esas dos unidades confraternizadas para dañarla: quién sabe; lo cierto es que nadie con buena memoria olvidó así nomás el hecho, y, especialmente, el estrepitoso supremacismo subyacente. Eventos similares ha habido después, y tal vez antes también, pero este debe de ser el de mayor patetismo, porque es posible que en 1982 el fútbol fuera todavía un vedado a los cobardes. Los nacidos un año antes de esa fecha no tenemos manera de saberlo bien sino de oídas, leyendo por ahí, a través de la rebusca de información cifrada. 

Hubo un jugador austríaco, el delantero Walter Schachner, que rehusó participar del timo negociado. Como consecuencia de ello, durante el partido le fue negado por sus compañeros el pase del balón cuando lo requería, situación que lo obligó a buscar, sin éxito aunque repetidamente, la jugada individual, “solo contra el mundo”. Estando en estas, le fueron proferidas ciertas amenazas en alemán que se quedaron en la cancha, por parte de colegas indistintos, y que al joven de veinticinco años le importaron poco o nada, pues no dejó de dar la batalla. Al menos uno no quiso ningún beso.