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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



A veces veo las propagandas de las casas de apuestas deportivas en la televisión y no puedo por menos de conmoverme. En una de tales publicidades, hay un joven que está viendo un partido de fútbol, creo, en un lugar público que a lo mejor es un bar; momento en que se le acerca otro hombre de la nada, sin conocerlo, y dispuesto a meterle en la cabeza algo sobre el posible desempeño de los equipos en contienda a partir de unas supuestas estadísticas, cuestión irrelevante, en cualquier caso, y sin embargo determinante para que el más desprevenido de los dos decida jugar sobreseguro y gane plata con su postura. No sabemos cómo resulta esa aventura de ruleta, aunque tenemos certeza de que la persuasión funcionó, porque vemos la emoción final en la cara del manipulado. 

Emoción. Esa es la palabra clave. Los publicistas, hábiles que son, recurren a la representación de tal energía para ilustrar lo que se puede llegar a sentir una vez se vence y se obtiene dinero a través de la gestión de un evento del azar; aunque aclaro que el anuncio de marras trata de vender la idea de que, cuando se apuesta con datos, no hay fortuna sino análisis. Por supuesto, lo que sí no se dice explícitamente es que debe existir cierta propensión hacia la búsqueda de sensaciones llenadoras de vacíos existenciales para que alguien corra a gastar parte de sus ingresos en la esperanza fantástica de duplicarlos o triplicarlos sin hacer mayor esfuerzo, solo con viveza y… liviandad. O suerte. Quisiera decir que este intento por alimentar conscientemente una compulsión (la ludopatía) no tiene mucho éxito, pero estaría falseando la realidad: lo tiene y en buenas porciones. 

En menos de una semana comienza otro mundial de fútbol, y las apuestas de todo tipo animan, en mayor y menor grado, este asunto del desborde por sus resultados. En Los Simpson anticiparon que la final del campeonato la disputarían Brasil y España, y que los suramericanos prevalecerán. (¿Cómo lo hacen, adivinar el futuro, un futuro del que además los gringos no deben de entender nada, cuan grande es su desprecio por el fútbol? Ni idea, pero estamos al tanto de que la que escribe ese programa es gente aguda y observadora, a la que quizás no le hace falta ver en repetición, digamos a la medianoche, los partidos de la fase de grupos de la Copa Suramericana para saber de balompié). En otros ámbitos, unos de adivinación numérica, se dice que la triunfadora de este año puede ser Inglaterra: lo haría porque le toca. Y en un famoso juego de video la que gana es Argentina. 

El fútbol es cada vez más un negocio interconectado, todo el mundo lo sabe, la antidesglobalización atlética. No en vano dentro de cuatro años ya no serán treinta y dos, sino cuarenta y ocho, los equipos participantes de esta fiesta a la que incluso reluctantes terminamos asistiendo, de lo que cabe suponer que será más fácil ir que no ir al mundial. A ver si Colombia se apunta a esa próxima ocasión. En 2026, México recibirá su tercer campeonato orbital (ya hasta estarán aburridos), los Estados Unidos su segundo (no es que les importe), y Canadá tendrá su primera experiencia como anfitrión (y así, de paso, se clasifica por tercera vez). Por ahora, a ver este de 2022 que casi no jugamos.



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