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El desmadre

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



No sería acertado afirmar que antes de la pandemia de coronavirus las capitales colombianas eran modelos de orden y civilidad, pero tampoco es ninguna mentira que la convivencia cotidiana ha empeorado en el último tiempo, como si hubiera pasado de moda. Se sabe, por ejemplo, que no solo en las calles de Bogotá las motos y las bicicletas se han robado el espacio reservado a los peatones en los andenes, infracción que determina la ocurrencia de los consecuentes accidentes e incomodidades de rigor; asimismo, deviene otra muestra del fenómeno aludido que en los edificios y conjuntos residenciales, de ciudades grandes e intermedias, el exceso de ruido vecinal se ha instaurado como una molesta costumbre que suele confundirse (¿soslayarse?) con color cultural. 

La música de fondo de lo anterior es, por supuesto, el imparable y quizás cíclico incremento de la llamada violencia estructural en las vidas de los pobres parroquianos que nunca dejaron de padecer dicha desgracia; a tal aumento hacen referencia diferentes fuentes que el lector puede consultar en Internet, entre las que resaltan las estadísticas de las Naciones Unidas sobre el desempeño del Gobierno pasado en materia de guerra y paz. De lo cual puede extraerse, entre otras intuiciones, la conclusión trasnochada de que, tal parece que el hampa se extinguirá de Colombia mucho después de que lo hayan hecho las cucarachas del planeta. Sin embargo, esto ya lo sabíamos: lo que se ignoraba era que el encierro de una pandemia podía todavía exacerbar la furia interna de la gente. 

En cuanto a lo primero, debe recordarse que en la reciente catalogación de actores violentos con ínfulas de “delincuentes políticos” caben prácticamente todos los criminales que da la tierrita; excepto, claro, los ladronzuelos de supermercado, y, lógicamente, los profesores extranjeros que han venido durante los últimos años a instruir al personal local en crueldad y barbarie, y a los que nadie parece poder controlar. A propósito, sería en verdad de lamentar que, so pretexto de la búsqueda de la “paz total”, o como se le llame ahora alternativamente a ese proyecto, las fuerzas armadas y de policía hayan recibido órdenes, directas o indirectas, de reducir su poder de ofensiva y letalidad en contra de los reales malhechores. Ojalá ello no sea cierto, y, así, lo que se sufre no sean sino los coletazos de alta inseguridad de una crisis económica antes de entrar en la siguiente. 

Acerca de la ausencia de vida plena en sociedad, pretendido tema de esta columna, no hay tanto que agregar; excepto quizás que, a diferencia de la gran problemática del orden público (cosa más dependiente de los gobiernos), la gente haría bien en recordar que, como en ciertos ámbitos interpersonales se encarece, “el respeto lo es todo” en la mecánica del necesario contacto humano. Es posible que un poco menos de “Colombia es pasión”, eslogan barato donde los haya, y un poquito más de buen juicio aplicado con disciplina, sean factores que determinen la atemperación de esa dolorosa prevalencia de la fuerza sobre la razón en nuestro medio; perversión que las autoridades siguen llamando “hechos de intolerancia”, como quien no tiene más eufemismos en la faltriquera.