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Ni siquiera es cuestión de nacionalismo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En algunos países, sus naturales tienen prohibido desde el orden jurídico “adquirir” una nueva nacionalidad y sumarla a la de base, como si de vidas paralelas se tratara, o de trajes de vestir, y se pudiera elegir su uso a conveniencia en los mostradores de los aeropuertos. En otros Estados está penalizada, por ejemplo, la utilización de la bandera nacional de manera arbitraria, lo que impide a los adultos creativos que hay en todos lados ubicar los colores patrios a deshonra de su significado, algo que puede zaherir la dignidad popular. Sobra decir que no son pocas las naciones que espontánea y simbólicamente castigan a los extranjeros que, a la distancia, de alguna forma se han atrevido a ofender su idiosincrasia, aunque ello se haya hecho valiéndose de humor dizque inocuo. 

En Colombia, ninguna defensa similar tiene respaldo cultural. Dicen algunos que ello se debe a que este es un entorno de muy liberales: cosa que no es cierta, aunque inconscientemente se copie entre estas fronteras a los de allí donde sí lo son; y otros argumentan que, simplemente, aquí no hay amor propio suficiente para que nadie esté legítimamente orgulloso de la bandera, el himno, el escudo y todo eso… Si a mí me lo preguntaran, yo agregaría que no son excesivamente perceptibles los rasgos que ponen a Colombia en el mapamundi, empezando por el panorama con sus vecinos y el pabellón casi compartido; lo que, en esa medida, hace poco menos que inane el ejercicio de invocar un carácter diferenciador que en el fondo podría ser inexistente, o no existente con suficiente solidez. 

No es culpa de Colombia, claro, sino de la historia. Creo que fue el escritor inglés Joseph Conrad el que desestimó que hubiera nacido o no una más de las repúblicas hispanoamericanas, significando con ello que no hay mayores diferencias entre tales. A propósito de no haber leído a Conrad (¿no fue este un eslavo renegado y anglófilo que, por si fuera poco, se refirió a África como “las tinieblas” en uno de sus libros?), confieso que me gustaría que fuera el caso contrario, pues supongo que a partir de dicha autoestima colectiva se haría imposible que entre nosotros hubiera quien se ufanara de gozar de pasaportes alternos (como si el colombiano fuera vergonzante), o que algún loquito adornara el guardabarros de su camión con la bandera (la prueba se puede apreciar en las calles), o, ya hablando de algo serio, que a estas alturas nos permitiéramos seguir siendo discriminados. 

Frente al caso de los colombianos maltratados en las entradas a México, resulta increíble que el consejo de una periodista española que asegura ser colombiana realmente recoja el parecer de este pueblo. Porque, aunque me pese, en verdad lo hace: así piensan muchos “pragmáticos”. ¿Que no se apliquen medidas de reciprocidad a los mexicanos que vienen a Colombia porque “necesitamos de su plata” y que mejor vayamos al Perú? Cuánta debilidad. Ciertamente, sería de esperar que el canciller se ocupe menos de asuntos particulares y que haga algo para equilibrar esa balanza, pues, si bien Colombia no es potencia mundial, sí que puede exigir al menos respeto por la nacionalidad en cualquier lugar; y, de no recibirlo, adoptar los correctivos de rigor. Esto no es opcional.