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La riqueza común

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Tiembla la Mancomunidad de Naciones (ya no solo británicas) desde que murió su soporte moral, la reina Isabel II del Reino Unido, la semana pasada, habida cuenta de los vientos neoindependentistas que soplan desde algunos de los cincuenta y seis países que la conforman, especialmente en aquellos quince en los que la figura del monarca británico es, vaya usted a saber por qué, el jefe de Estado.

Pues la Commonwealth (literalmente, la riqueza común), ni es necesariamente riqueza, ni mucho menos común: a la vez que esta organización trabaja por consolidar los lazos comerciales entre los antiguos miembros del lentamente desaparecido Imperio británico (eso sí, con la city como centro de gravedad), y expandirlos hacia latitudes no anglófilas, propugna algo así como la igualdad de las personas a través de los dieciséis valores que actualmente sustancian su carta. 

Esa estupenda agenda de cambio social de tendencia globalizante incluye hoy asuntos de derechos humanos, paz internacional, tolerancia, igualdad de género, estado de derecho, desarrollo sostenible, reconocimiento de estados pequeños, sociedad civil, acceso a educación, salud, comida y refugio, etc… De manera que podría decirse, socarronamente, que el otrora Imperio se convirtió, paulatinamente, en una especie de organización no gubernamental de izquierdas. Así, si bien el fin del Imperio británico (¿1947?, ¿1997?) no sucedió de un día para otro, es bastante aparente que ya desde abril de 1949, con la Declaración de Londres, se sentaron las bases para el establecimiento de una organización de la Guerra Fría, la Commonwealth, que constituyera una barrera para el comunismo internacional, y entonces se ocupara de “la búsqueda de paz, libertad y progreso”. 

Lo que quizás no anticiparon los propulsores de la Mancomunidad era que, irónicamente, con el paso de los años les sería forzoso adoptar mucho del programa que inicialmente repugnaban, porque los tiempos cambian. Esto nos deja en un escenario palpitante: los herederos del imperio colonialista y esclavista más extenso de la historia de la humanidad son los encargados de enseñar un conjunto de creencias acerca de cómo deberían funcionar las sociedades, sin detenerse en los melindres de que fueron sus antepasados los encargados de cegar la posibilidad de que las mismas florecieran por sí solas allí donde ahora dictan cátedra. Ellos se defienden con lo que es obvio: ¿quién mejor que el país que ejerció dominio pasado, pero que prosperó internamente mientras lo hacía, para premiar con su conocimiento y experiencia a aquellos territorios que no gozan de tanta sabiduría? 

Esta tesis está a punto de ser revaluada en naciones como Antigua y Barbuda y varias otras caribeñas. Mientras en Derry, Irlanda del Norte, celebraban el fallecimiento de la reina como una venganza (con la mente y el corazón puestos en el Domingo Sangriento de hace medio siglo), el rey Carlos III se entronizaba a punta de muecas de dentadura fétida a su servidumbre. La personalidad del nuevo rey puede que no encaje en el mundo que le tocó reinar, con treinta años de atraso; a lo mejor, como a la Commonwealth, le toca fingir que se adapta a las nuevas y horrorosas realidades.



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