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Concursos de cachetadas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Suelo deleitarme con las grabaciones de Internet en las que aparecen dos tipos fornidos, uno parado frente al otro, que, luego de secarse las manos con lo que supongo es tiza, y de hacer los amagues correspondientes a la activación de los músculos del brazo, para con ello ganar vuelo, le sueltan a su colega y rival de turno un soberano cachetadón (garnatada o garnatá se dice en algunas partes del Caribe colombiano, como simulando el sonido violento de dos carnes que chocan, y que es la posible deformación de gaznatada, o sea, golpe en el gaznate). Algunas veces, los organizadores del tinglado –casi siempre alemanes o rusos-, en ejercicio de preocupación hipócrita, salen a atender con médico y todo al maltratado, a ver si, por ejemplo, todavía le funciona el ojo en el lado de la cara que recibió el golpazo. Desde luego, en este punto de la competencia, todavía falta el contraataque del inicialmente castigado, pero puede que, para él, sea demasiado tarde intentar ganar.

Quizás estas prácticas medievales que me nutren decidieron que viera el otro día una película gringa ubicada, justamente, en el tiempo de la Edad Media, aunque llena de anacronismos; así de fastidioso es oír a personajes que vivieron sus vidas a finales del siglo XIV europeo hablar como gentes del Hollywood actual. En ese filme, se cuenta la historia que llevó a un famoso juicio por combate, en el que se midieron durante el invierno parisino dos caballeros de la época, Jean de Carrouges y Jacques Le Gris, para así determinar cuál de los dos decía la verdad en el proceso judicial en curso, a través del otorgamiento de la victoria que Dios debía hacer al finalmente vencedor del duelo a lanza y espada. La cuestión de fondo era saber si Le Gris había violado o no a la mujer de Carrouges, como esta lo afirmaba sin testigos (y, especialmente, conocer si su repentino primer embarazo obedecía a ese hecho de fuerza, lo que, además, habría corroborado un disfrute inconfesable).

Nada de lo anterior tiene que ver directamente con la posesión presidencial de Gustavo Petro, y, sin embargo, ambos asuntos (los dos gorilas cayéndose a bofetones, los dos cortesanos matándose a ver quién miente) me hicieron pensar, de un lado, en el infantil y vanidoso presidente saliente, cuyo nombre no retengo; y, del otro, en el entrante jefe de Estado, que ejercía el domingo un poder inquietante, más basado en la multitud que lo vitoreaba que en otra cosa. El enfrentamiento por una de las espadas del Libertador no fue sino la muestra de la precaria convivencia colombiana, esta vez al más alto nivel, y con testigos de toda excepción (como el confundido rey de España, quien, si bien ya se había inclinado para saludar a Petro, pareció no recordar lo que dicta el rito en casos extremos, como cuando los presentes muestran respeto por el arma de un probado aborrecedor de españoles).

Los concursos de cachetadas aguantan todas las críticas, pero hay algo liberador en eso de ver a dos atletas romperse la crisma a mano limpia sin que ninguno de los dos se queje, ni emita el más sutil sonido. Quién sabe si, con el tiempo, esta práctica pueda llegar a considerarse deportiva y, así, le sea reconocida la dudosa virtud de ser una sucedánea efectiva de la guerra… o de la política.


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