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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Gracias a la televisión, me estuve acordando el otro día del famoso sucedido de noviembre de 1971, en los Estados Unidos, concretamente en el espacio aéreo de aquel país, cuando un hombre de unos cuarenta años, disfrazado con ostensión, valiéndose de supuesta bomba secuestró a un avión salido de la ciudad de Portland y exigió un rescate que supondría la suma de un millón de dólares de la actualidad; para después, en un segundo e inmediato vuelo desde Seattle, saltar en paracaídas a una zona boscosa, en noche fría, y desaparecer con los billetes en el bolsillo por siempre a pesar de las búsquedas posteriores. No uno sino varios documentales se han filmado, así como libros han sido escritos, casi siempre por obsesionados, tratando de descifrar este misterio que puso en ridículo a las autoridades yanquis y recuperó un rato el ya entonces devaluado concepto de standalone.

Movidos por un punto de honor, durante años los investigadores del caso centraron su programa metodológico en la caracterización del secuestrador como un militar, quizás algo más joven de lo que aparentó en la temeraria acción, y posiblemente molesto con el establecimiento, a lo mejor hasta desequilibrado, aunque la sangre helada de que se valió en aquellas horas (a más de sus maneras corteses con las azafatas) comprobara la presencia de un ser cerebral tras la irracionalidad perpetrada. Así pues, me parece que la falla de los frustrados detectives en su trazado del perfil criminal, lo que jamás les permitió depurar la cacería, fue dejar de observar conjuntamente en este caso la presencia de un rasgo infrecuente en los individuos calculadores, o sea, el poder de actuar.

Era como si justo cuando tenían una lista de sospechosos provistos de la suficiente inteligencia para delinear un plan tan minucioso y lleno de matices como el ejecutado, reaparecieran los hechos de haber saltado en paracaídas durante las difíciles condiciones en que lo hizo Dan Cooper (que así se registró en el mostrador esta leyenda), y de haber sobrevivido a la feroz intemperie elegida (porque restos suyos prueba de lo contrario no se hallaron), tumbaran las teorías y tocara volver a empezar. Para la pesquisa, lo de interés parecía ser una cosa o la otra, ya un hombre de pensamiento, ya uno de acción, no ambas categorías unidas. Es más, hay algo no dicho, y que ni siquiera sugerido sería, en esta exclusión de perfilamientos que todo indica hicieron las autoridades, pero que está ahí: creyeron que si un sujeto era agudo y eficaz a partes iguales para hacer lo que D.B. Cooper hizo (que a Dan la prensa lo volvió D.B.) no andaría robándose aviones, sino presidiendo algún país.

Si bien no se puede ir por la vida sin pensar con claridad, menos en ejercicio de una profesión peligro, no ha sido desvirtuado aún que el paso del dibujo teórico a la práctica resultadista de actividades requiere de una inversión equivalente, en energía psíquica y física, a la planificación total; de prescindirse de esta proporcionalidad supongo que es ilusorio intentar nada. En este análisis amoral de un crimen no se debe caer en el mismo prejuicio de la investigación iniciada, pues subestimar al rival es empezar a ceder frente a él, permitirle golpear y escabullirse como si no hubiera existido.


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