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Nuevos días de no saber

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Sobre la subida imparable del precio del dólar estadounidense dentro del mercado cambiario colombiano se escuchan voces de expertos que señalan unas causas objetivas de este fenómeno: parece que la reactivación económica en los Estados Unidos, respecto de un coronavirus que nunca dejó de estar activo, ha hecho que la inflación se dispare en ese país; y, como los platos rotos de ellos se pagan en otros lados, la subida de las tasas de interés por parte del banco central de allá para controlar la carestía ha degenerado en que la inversión y sus dólares se concentren en el mismo gigante del norte, en perjuicio de latitudes riesgosas, como Colombia, que se quedan sin la una, y, especialmente, sin los otros, situación que encarece a estos últimos debido a su escasez.

Esa realidad gringa, en el contexto de una recesión económica global causada por los infinitos y múltiples efectos de la pandemia que no termina, y, ahora, por los imponderables de la guerra en Ucrania, crea la tormenta perfecta para las economías más desprotegidas (más dependientes). Así, hay unos conocedores del tema que se centran en la idea neutra de que, en el escenario internacional descrito, los colombianos que pueden están comprando todos los dólares de que son capaces, y que inmediatamente los sacan del país para ganar seguridad en caso de una hecatombe económica general, lo que recrudece la sequía de divisas y el consecuente incremento de su valor.

Existen otros estudiosos de la cuestión que pintan en el anterior lienzo con los brochazos de sus creencias políticas personales, y que dicen que, si bien en todas partes está pasando más o menos igual en cuanto al dólar y la moneda local, en el panorama particular nuestro el problema se ve agudizado porque, desde hace tres semanas, cuando fue elegido Gustavo Petro como presidente, algunas de sus promesas de campaña expuestas en su momento y últimamente a medias, verbigracia, un posible proceso de expropiaciones rurales, o una reforma tributaria que –especulan- podría llegar a ser confiscatoria, debilitan la tal confianza inversionista de la que todos dependemos, y hacen que la fuga de dólares de las fronteras nacionales sea este presunto alud incontenible.

Suena sensato pensar que la respuesta a la pregunta del dólar yace en algún lugar intermedio entre las razones esbozadas. De lo poco que va quedando claro es que el cóctel político, militar, logístico y sanitario mundial ciertamente ha generado esta crisis escurridiza que, de aquí a septiembre, podría estallar en forma de una contracción económica planetaria que haría olvidar el entremés de hace apenas dos años. Esperemos que no sea así. Y, por otro lado, también sería necio negar que, en el asunto colombiano, el cambio de mando presidencial en ciernes ha generado una expectativa que por amplios instantes es negativa, pero no solo por las intenciones de reforma anunciadas por Petro (que todavía no está en el poder, porque hoy no es 7 de agosto de 2022), sino también por la indiferente respuesta del aún Gobierno ante el actual estado de nerviosismo. No es ningún secreto para los economistas que su ciencia se explica también desde los factores psicológicos.