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El derecho al subdesarrollo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Me gustan las épocas electorales. Sacan a flote lo que también nos caracteriza, no sin alguna claridad iluminadora, en este país de indefiniciones, de medias tintas, de tan radical mediocridad: nuestro profundo arraigo al pasado, que todavía está vivo por las calles que andamos. Así -lo reconozco-, es este el goce de un placer malvado a través del que me asqueo masoquistamente de la sociedad en que vivimos, por sus preferencias clientelistas, por su poco amor propio.

Pues la corrupción que va unida al ejercicio de la política electorera en Colombia es realmente inmensa y avasalladora, nada que hacer, y el nivel de aceptación de tal circunstancia es tan alto como la tolerancia misma que, respecto de alguna sustancia, desarrolla un pobre enfermo drogadicto. Nunca una analogía fue más válida: esta sociedad está enferma a un grado degenerativo.

He buscado, a propósito de esto, algunas respuestas en ciertos teóricos del desarrollo humano, y me he encontrado con una forma de ver el problema que me gusta, por lo clara y directa. Me refiero a las elaboraciones conceptuales sobre el tema hechas por el ganador del Premio Nobel de economía en 1998, el filósofo y economista indio Amartya Sen.

Para este hombre el desarrollo humano se manifiesta y concreta a través de lo más simple entre lo simple que pudiéramos encontrar en la vida diaria: la libertad. Dice, no recuerdo en qué texto, que la libertad es, a la vez, un medio y un fin en sí mismo para el ser humano; de esta forma, cuanto más libre se sea, más posibilidades habrá de obtener la verdadera libertad, y esa libertad, como decía, se habrá de obtener únicamente para su disfrute, para que el hombre realmente sea tal, desarrollado y pleno.

La libertad como medio para obtener más libertad, y, una vez obtenida, la libertad para ser libre. No quiero entrar a decir aquí qué es eso, la libertad, ni más faltaba, pero estoy firmemente persuadido de que no es aquello que ejercitaba el adicto a las drogas a que me referí antes. Juzgue usted…, o no juzgue nada: sea libre (?).

Entonces, según Sen, el nivel de desarrollo humano de que disfrutemos es cuestión de cuán libres seamos, entendiendo la libertad, digo yo, como todo aquello que hagamos sin arrojarnos a la auto-destrucción en tanto que especie. Si esto es así, me pregunto si los colombianos somos gente libre, si el tipo humano que puebla estas tierras ya ha alcanzado ese deseable grado de desarrollo en el que el ejercicio de las propias facultades, talentos y prerrogativas no riñe con la salud física, mental, y, sobre todo, espiritual, de una sociedad en particular.

Yo no quiero responderme que no, pero me toca: claro que este pueblo no ha podido superarse a sí mismo todavía, y claro que es un gustoso esclavo (de sí mismo, especialmente), que a diario revalida y legitima los antivalores que los españoles medievales sembraron por acá (hace poco, realmente), a propósito de su aporte arrogante y europeo, del victimismo de los indígenas, del resentimiento melancólico negro, y del resultado, no necesariamente bueno por sí mismo, que podía resultar de esa mezcla arbitraria: nosotros. Por eso afirmo que ni entendemos ni valoramos la libertad.

Ese es el principio de mi explicación para aquella situación de subdesarrollo humano profundo que logra percibirse en estado puro durante cualquier época electoral colombiana: el comercio de la libertad. Se intercambia plata por el derecho a ser libre, por el derecho al desarrollo humano. Y no sólo lo hacen los que compran votos, o los que venden su voto, no, sino que lo hacen todos los que participan contentos de esas tristes fiestas antidemocráticas (velorios) haciendo bulto en los "comandos", consiguiendo "prosélitos", movilizando gente como si de cosas se tratara, repartiéndose -cuando ganan- el botín burocrático que tanto anhelan para sus perezosas vidas, participando de la corrupción del conteo de votos, en fin… Pero, estas personas, que no son todos los colombianos, están, según ellos, ejerciendo la libertad que creen poseer, ejercen, en realidad, su derecho a ser subdesarrollados como seres humanos, y eso hay que respetarlo, pues en últimas, nada ni nadie los hará cambiar de parecer.

Estoy empezando a pensar que no podrían hacerlo, en ningún caso, que la historia no tiene tanto que ver en esto, y que se nace esclavo y se muere esclavo: que ningún Estado de derecho, ni educación, podrá cambiar lo que a tantos gusta.