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El mandato opaco

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



 Estoy en abierto desacuerdo con aquellos que sostienen la tesis de que, si uno de los dos candidatos presidenciales gana por pocos votos en la elección final de este domingo, lo que se debe de aparecer por aquí es una revuelta del tamaño de otra guerra civil, puesto que es de suponer que el perdedor, quienquiera que sea, no aceptará el resultado de derrota; y, si lo llegare a hacer, tanto peor, pues al ganador no le será dado ejercer el mando serenamente, gracias a la pobreza de su victoria, que le privará del honor de contar con el respaldo de la clase política en su gobierno, lo que a no dudar puede devenir en una suerte de cuatrienio infernal. No comparto esta visión reducida de la democracia porque ello implicaría cebar hasta el hartazgo al mentado subdesarrollismo que nos aguaita, es decir, a esa idea de que no tenemos órganos fundantes sino apenas personalidades.
El concepto de “mandato claro”, propuesto por el candidato Alfonso López Michelsen en los comicios electorales de 1974, a pesar de ser relevante en lo político no es un absoluto jurídico, si hay tal cosa. La alusión a la necesidad de prevalecer en las urnas con suficiencia, en ese preciso momento de hace cuarenta y ocho años, era más bien una mera interpretación histórica de la volátil nacionalidad colombiana, que entonces acababa de aguantarse el cuarto período presidencial pactado en el Frente Nacional, cerrando esa etapa, y de la que no se sabía qué esperar si siquiera se sospechaba que, de nuevo, no había habido elecciones libres, esta vez durante el retorno de la pluralidad plena.

Los tiempos han cambiado desde 1974: hoy todo pasa a distancia física, pero en pantalla viva; los fraudes son todavía posibles, aunque su dificultad es sustancialmente mayor; y, sobre todo, desde 1991 contamos en Colombia con la segunda vuelta electoral tan criticada, cuyas tres semanas de reacomodo previo, sin embargo, quizá tienen efectos de cauterio en las primeras heridas, además de la balsámica capacidad de rastrillar la arena imperceptiblemente para aquel que va a venir a torear con su cuadrilla. De manera que no creo que una diferencia mínima entre las votaciones sea la causa de nada que vaya más allá del natural inconformismo del vencido; en otras palabras: no aspiro a presenciar el inicio de una era excesivamente nueva, y tampoco anticipo ningún fin del mundo.

Hecho el anterior descargo, aprovecho para agregar que también me alejo del artificio llamado “voto útil”. ¿Por qué alguien debería irse por uno de dos candidatos cuando ninguno de tales lo convence? Esa sería una imposición en nombre de cierta noción de libertad. Pienso que votar en blanco, estando en medio de dos ofertas de desequilibrios futuros, es una salida que permite infligir una mínima pero digna influencia en el gobierno resultante: cuanto menos “mandato claro” tenga un presidente de extremos, y más “mandato opaco” haya que lo obligue a moverse al centro para poder administrar, mejor estaremos. En esta ocasión, yo seré uno de los colombianos que protestan con su voto en blanco ante la ausencia de mesura; y, con el mismo respeto por la soberanía, estaré confiando en que el pueblo designe a un verdadero moderador, y que en paz lo haga y reconozca. 


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