No es tan negra la noche cuando empieza a amanecer

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La victoria de Gustavo Petro en la pugna por la Alcaldía de Bogotá muestra a las claras el hastío del pueblo colombiano ante las tendencias excluyentes de la derecha, que solo piensa en sí misma y en la consecución de un desarrollo social residual, que si se da por carambola -según su limitado criterio-, bien, pero que no es ni remotamente el objetivo que se persigue por parte de los implicados, más allá del ahínco uribista del que estos hacen gala, que tanto gusta a los incautos, y que la gente suele confundir con patriotismo cuando todavía no se ha detenido a examinar a los protagonistas del desgobierno por sus actos, sino nada más por su apariencia.

Ya se sabe que lo que busca la gente de la derecha es la consolidación e impermeabilización del gran capital, su perpetuación en el poder económico y político, y, si es del caso, la eliminación moral o física de los agentes de cambio social en Colombia, en el entendido de que esto último, eventualmente, pudiere ser requerido, habida cuenta de ciertas circunstancias políticas inconclusas, o sea, de la rebelión de masas que aún está pendiente por aquí. Lo digo porque, aunque este país no debiera asombrar a nadie, todavía lo hace conmigo, y desde hace una semana he tenido que detenerme a observar, con asco, las varias expresiones de la violencia comunicativa que se ejerce contra Petro, por el simple hecho de haber derrotado, el sí limpiamente, al ungido y fracasado Enrique Peñalosa, y a otros tantos, en la carrera por el Palacio Liévano.

Pues sepan los sangrantes por la herida, para usar las palabras de Santos, que, con esta, se completan ya tres elecciones consecutivas en las que el pueblo bogotano, de todos los estratos, decide que el destino de la ciudad deberá ser determinado por un gobierno de izquierda dura y pura, como el de Petro, de quien, no obstante, ello, se sabe que gobernará favorablemente para todos los capitalinos, así muchos de ellos no entiendan, o no quieran entender, que el beneficio común es también beneficio para ellos mismos, los autoexcluidos. (Como también se autoexcluyen los colombianos al negarse la oportunidad de tener presidentes verdaderamente populares y con preocupaciones sociales genuinas, y no demagógicas. Eso nunca terminaré de entenderlo).

De Petro, debo decir que me gustó mucho su discurso ganador, en el que habló del amor con el desparpajo con que se habla políticamente de desarrollo económico, de productividad, o de impuestos. Eso anuncia lo ya sabido: que va a gobernar con equilibrio, sobriedad y mesura, sin odios, sin pasiones pasadas de moda, y sobre todo, sin amargura…, como debe ser. Con amor. Después de todo, amor es lo que más hace falta por aquí, en la tierra de Colón.

Por otro lado, en nuestra Santa Marta, como sabemos, ganó Carlos Caicedo. Y aunque no se le eligió para que hiciera milagros, sí se esperan muchas cosas de él. Esperemos que lo sepa y que actúe sin miedos, pues, además, él debe considerar que no está solo con los samarios en esta avanzada: es toda Colombia la que quiere cambiar las cosas. El mismo Santos lo leyó así hace un año, y por eso, por pura conveniencia, se atrevió a darle la espalda a Uribe, que tanto lo odia ahora, siendo hilarante el hecho de que el expresidente antioqueño tenga algo de razón en esto, desde su torcida perspectiva. Es como cuando va a llover, que se nubla y se siente la humedad, y todo se va moviendo, imperceptiblemente, pero se mueve, hasta que el agua se dispara, se precipita, y no hay nada más que hacer.



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