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Mamatoco

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Las sobrias casonas del barrio bogotano de La Magdalena, de estilo Tudor, en vano envidiarían a las de cualquier película montada alrededor de la medieval Torre de Londres. Es de suponer que la naciente aristocracia urbana criolla, hace un siglo y todavía menos, tal vez como para sacudirse algo la tierra de los campos que a lo mejor pretendía olvidar, no dudó en importar los planos y los arquitectos británicos necesarios para erigir en las entonces afueras del centro capitalino unas réplicas bien logradas de las riberas del Támesis, y allí vivir plácidamente. En dicho teatro señorial resonó largo y tendido, y sería materia de análisis retrospectivo antes de pasado un año, el homicidio a diecinueve cuchilladas perpetrado en su parque-homenaje a un poeta peruano, la noche del 14 de julio de 1943, contra el exboxeador, expolicía y periodista Francisco Pérez, de mote Mamatoco.

Se carece de certeza acerca de si Pérez nació o no en Santa Marta –es decir, en Mamatoco-, pero las posibilidades de que ello no fuera así son, desde luego, mínimas. El hombre era locuaz y diestro para las trompadas, nada miedoso y medio sindicalista, se creía un predestinado y, sobre todo, tenía sentido del humor. Había hecho denuncias sobre corrupción en ámbitos estatales, y, de acuerdo con algunas fuentes, los de la inteligencia gringa lo llegaron a considerar una ficha de ciertos alemanes caribeños, simpatizantes de los nazis, que supuestamente conspiraban para dar un golpe de Estado. De manera que, cuando se estableció que tres policías activos lo mataron en la “unánime noche” de La Magdalena, según ellos solo por agradar a sus superiores, afines al Partido Liberal y ajenos a todo, los conservadores decidieron no creerse esta historia y recrudecer hostilidades contra el gobierno del presidente Alfonso López Pumarejo y de su amigo y ministro Alberto Lleras Camargo.

Poco de raro habría tenido que en Colombia se hubiera dado la orden de un crimen de Estado más, como lo dejó desde un principio en el aire el diario El Siglo respecto de este caso. De haber sido así, lo que costaría trabajo sería ver en López Pumarejo y Lleras Camargo a los posibles determinadores del asesinato de un opositor, si bien ruidoso, apenas menor y hasta pintoresco. Los dos líderes, ambos parcialmente autodidactas, son de lo mejorcito que queda dispuesto en el panteón político nacional, si fuera justo hacer comparaciones. El primero fue un capitalista y reformador agrario que hizo ver rosados a los comunistas, responsable de que hoy deba tenerse presente que la propiedad privada cumple una función social; el segundo, además de prestigioso formador de opinión, fue estadista de calibre internacional, reconocida incluso por sus enemigos la legitimidad de su palabra.

Hipótesis sobre los genuinos móviles del acuchillamiento de Mamatoco se contemplaron varias, que van desde lo estrictamente político hasta lo pasional y anecdótico. Aún se desconoce la verdad real sobre los hechos. El parquecito que amparó el modo y el tiempo de aquella muerte se mantiene inocente, aunque con nombre cambiado; de él parecen luchar por emerger realidades ocultas a la simple vista de los desprevenidos que por sus contornos a veces caminamos buscando respuestas.


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