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En posesión de su destino

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Cuentan los que se saben la historia que el sábado 13 de junio de 1953 la República de Colombia alcanzó a tener tres presidentes distintos. ¿Cuántos países pueden darse ese lujo? Empezó la jornada con Roberto Urdaneta como jefe de Estado, quien, en calidad de designado, había asumido el encargo desde el 5 de noviembre de 1951, porque el titular, Laureano Gómez, se hallaba muy enfermo. Urdaneta era quizás el más leal de los copartidarios, oficiales o no, de Gómez y por eso gozaba de la plena confianza de este para reemplazarlo debidamente; no obstante, el aire respirado por entrambos de pronto comenzó a viciarse cuando, nueve meses antes, el presidente sustituto, que en lo demás hizo de la obediencia su programa, decidió traer de vuelta, y por la puerta grande, a Gustavo Rojas Pinilla desde los Estados Unidos, donde el general se encontraba destacado por Colombia “trabajando en nombre de la seguridad hemisférica…” o alguna cosa de esas.

No hay que olvidar que hablamos de la primera juventud de la Guerra Fría, y que la Colombia del momento hasta había participado de las hostilidades de la Guerra de Corea, muy representativa de la época. Así, se trataba de cuestión discernible que la intervención de los militares colombianos en un gran conflicto internacional, sumada al ascendiente que tales fueron ganándose desde las represiones del 9 de abril de 1948, hubiera hecho del estamento castrense algo de temer por parte del presidente Urdaneta, y que esto fuera determinante en su decisión de restituir a Rojas Pinilla en la comandancia de las fuerzas militares, como una manera de hacerse con el favor de los uniformados. A Rojas (a quien no se le engatilló el dedo en el 9 de abril de Cali para regresar los ríos a su cauce), Laureano Gómez le guardaba tirria y no poca desconfianza. Tenía mucha razón.

Urdaneta no hizo caso a su jefe y no destituyó a Rojas; de hecho, insubordinado, le espetó a Gómez que reasumiera la Presidencia y lidiara él mismo con la salida del comandante. De modo que Laureano no tuvo más remedio que acomodarse la banda ese 13 de junio, muy tempranito en la mañana, tarde para la historia. (Dicen que el golpe, sutil que fue, era como ardiente fuego lento y que en eso tuvo que ver el anterior presidente, Mariano Ospina Pérez, quien figuraba, por activa o por pasiva, en cuanto estropicio le ocurría a este país en tan áridas medianías del siglo). Aquel día, después de algunos trabajos preparatorios por parte del Ejército, aunque sin muertos, hacia el inicio de la franja vespertina se iba consolidando el vacío presidencial en Colombia. Entonces, el general Rojas intentó convencer tanto a Urdaneta de retomar el poder, como a Gómez de renunciar para que el primero no tuviera impedimento al hacerlo, pero ¡qué contrariedad!: no tuvo éxito en nada de ello.

A eso de las diez de la noche, cuando en La Candelaria no existía mando, el general Gustavo Rojas Pinilla, ya seguro de sí, asumió la Presidencia y prometió, en su mensaje radial a los colombianos, hacer cesar la violencia partidista agudizada desde 1948. Sin embargo, el que, al amanecer, fue solo un tercer hombre, en los años venideros dejaría ver que siempre se consideró el único.