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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La vieja discusión cobra más vida de lo habitual cada cuatro años con la elección presidencial: ¿debe ser el Estado colombiano progresivamente más comprehensivo y así ocuparse desde el presupuesto de inversión (“con políticas de Estado, que no con políticas de un transitorio gobierno”) de casi todo en la vida de los ciudadanos, en atención a la insuficiente distribución de la riqueza, o, por el contrario, vale más que este Estado paternalista que ya existe sea desmontado poco a poco y la plata de los impuestos sea prioritariamente utilizada en la generación de una buena infraestructura civil y tecnológica que a su vez permita la consolidación de la economía (pues solo con crecimiento productivo se combate la pobreza)? Es como debatir sobre el sexo de los ángeles, ciertamente.

Por lo demás, ¿qué piensa el colombiano promedio frente a esta aparente dicotomía? Supongo que, en principio, debe de considerar lo inmediato: que ambas posiciones son correctas en su justo entendimiento; y, al trasluz de las tozudas dificultades de la escasez, ese individuo imaginario a lo mejor termina por convencerse de lo que se le presenta como inevitable con el paso del tiempo: que hay que decidirse radicalmente por una u otra opción porque no es posible ejecutar ambos propósitos simultáneamente, a riesgo de que no se concluya ninguno. Precisamente: ¿sería posible afirmar que en Colombia nos hemos quedado a medias entre los efectos de uno y otro de los extremos sugeridos, y que lo malo de ello es que tal situación ha constituido estancamiento antes que equilibrio armónico y benefactor respecto de los elementos más representativos de ambos modelos de desarrollo?

Si todavía estamos dudando acerca de las ventajas de integrar en una sola gran visión nacional a largo plazo lo rescatable de las variadas percepciones, y, en lugar de estar trabajando en serio por concretar tales, lo que hay es más de la misma fragmentación de siglos, será porque Colombia no ha logrado madurar. A propósito de esto, el líder conservador Álvaro Gómez, hijo de uno de los determinadores de la infinita guerra de baja intensidad colombiana, se apropió de este discurso hace ya muchas décadas: “el acuerdo sobre lo fundamental”, decía; y hoy, uno de sus familiares lo desempolva para usarlo como bandera de su campaña presidencial. Entonces, si aún cabe hablar de este lugar común para hacer política, incluso después de la Constitución Política de 1991 y de todas su consignas, es porque, en efecto, aquí no ha habido ninguna amalgama programática real.

Las concepciones opuestas acerca del rol del Estado (más público y menos gerencial, o más privado y menos social) deberían zanjarse con naturalidad en un país que ha hecho el curso completo. No estoy aludiendo a una nueva recurrencia al mantra “Tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”, que sectores de la socialdemocracia internacional vendieron como técnica universal de consenso, y que, es claro, se ha quedado corta. Quizás ya va siendo hora de que en Colombia oigamos menos a los conocedores de otros escenarios y de que inventemos (inventar no es sinónimo de improvisar) nuestras propias fórmulas institucionales. ¿Dónde están las propuestas?


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