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Golpe a la vida

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



No hace mucho vi un video de esos cortos que abundan en el Internet del celular en el que se aprecia al actor y cantante afroamericano Will Smith hablando ante una multitud cuya composición ignoro, pero de la que intuyo que estaba conformada por jóvenes.
Allí Smith resume en dos pasos discontinuos el secreto de la felicidad (sí, sí: la felicidad), y para ello hace uso de toda su capacidad de captación de la atención del prójimo. En algún momento estuve a punto de cerrar el teléfono y volver a trabajar, pues ya considero al trabajo buena fuente de solaz, pero decidí quedarme como espectador del grandilocuente anuncio. (Convendrán conmigo los lectores en que la fórmula de la felicidad no es cosa que uno se encuentre por ahí todos los días. Y gratis). De manera que escuché a Will exponer su punto de vista, según el cual ser feliz es, esencialmente, cuestión de leer y correr.

En otras palabras, lo que decía el ganador del último premio Óscar al protagonista era que tanto a la mente como al cuerpo hay que ejercitarlos, puesto que de lo contrario se oxidan, se endurecen…, se mueren, en una alusión callada al proverbio latino que, al traducirlo, nos ilumina el camino una y otra vez: “Una mente sana en un cuerpo sano”. Es como si, según esta lógica, la mente y el cuerpo nacieran listos para funcionar debidamente, y lo único que hubiera que hacer es ponerlos en movimiento, no darles sino el descanso básico, para que, así, se generen unas condiciones en términos de salud (dice la ley que en este concepto se incluyen lo orgánico y lo psíquico) que consecuentemente permitan disfrutar de una existencia más plena. Desde luego, el reduccionismo de Will Smith es un refrito de siglos, y, sobre todo, una obviedad; pero, ¿acaso lo evidente y lo repetido necesariamente tienen que pasar de moda al punto de que se les niegue validez total?

Las respuestas a estas preguntas dependen de cada vecino, claro; pero a propósito de la secuencia de violencias que el apacible Hollywood nos regaló el domingo en la noche, vale la pena traer a cuento algunos de los elementos del iniciado juicio a la personalidad de Smith, a ver si algo en limpio se puede sacar del conflicto desatado. De todo lo negativo que se ha dicho sobre el actor, me concentraré en la idea de que se comportó como si fuera el dueño de su mujer (igual que si ella fuera un objeto que no puede defenderse sola) y que remató su patriarcal percepción de los hechos con un acto de agresión a un hombre al que –si bien se equivocó con su broma- no había por qué pegarle, sino solamente ignorarlo. Esta idea cerebralista está relacionada con las del pacifismo, que en el contexto de la guerra de Ucrania han servido para presentar la amenaza previa de Zelenski a Rusia en clave de chiste, y a la reacción rusa como contraria al derecho a hacer la guerra justa.

Pero el cerebralismo, en uno y otro caso, es insuficiente para abarcar la realidad, como ella misma lo prueba a la larga. Es más aterrizado confesar que los seres humanos tenemos emociones (¿la felicidad?), y que una de las más importantes es el miedo. Es racional aceptar el miedo (a que destruyan tu país, a que maltraten a tu esposa y no hagas nada); y es irracional negar su poder.


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