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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Creo recordar que, en tiempos pasados, se cuestionaba a los candidatos a la Presidencia de la República que salían a hablar con la ciudadanía sin un plan de gobierno bajo el brazo. Me imagino que hacer eso ya ha pasado de moda, y que los asesores de las campañas actúan en consecuencia, puesto que es muy común ver por estos días, al menos en Colombia, a la generalización como propuesta de gobierno, en uno y otro sentido. Por eso se preguntan algunos si sería muy aburrido para los medios de comunicación televisivos (es decir, poco redituable comercialmente) que todos los candidatos, tema por tema, y con el tiempo suficiente, se puedan explayar explicando cómo van a hacer esta o aquella cosa, con puntos y señales, con genuinas milimetría y precisión; porque, que yo sepa, esta sigue siendo la única forma de saber bien por quién se vota y por quién no.

De lo contrario, seguirá siendo muy fácil pararse ante un atril a hablar simplezas acerca de lo que se pretende hacer una vez a uno lo elijan “presidente de los colombianos”, es decir, el 7 de agosto de 2022 (supongo que por la noche, después del salivoso besamanos). Y seguiría, entonces, siendo cuestión de solo recoger firmas desprevenidas el hecho de candidatizarse para dirigir el destino de las gentes que forman a esta nación; cuando, en realidad, se espera que sea al contrario, si nos atenemos no solo al texto constitucional y a la ley, sino al buen juicio: asumir la responsabilidad de una candidatura debería ser sinónimo de haber dedicado el tiempo suficiente a estudiar la realidad de Colombia, y a descifrarla con un equipo de trabajo experto, lo cual tendría que desembocar por fuerza en un documento largo y denso que explique cómo se cambia para bien a este país.

El trabajo de los candidatos a la Presidencia, si son serios, se correspondería pues con la vuelta al estudio minucioso del proyecto de país que se ha derivado de su propia investigación, de manera que puedan explicar aquel rápidamente, y con suma claridad, a las audiencias de todo tipo a las que es menester llegar para convencer. Desconozco si antes esto se hacía exactamente así, y lo que ha ocurrido ahora es que los del mercadeo político se han dado cuenta, como decía al principio, que resulta más a tono llegar sin libreto a la tribuna e improvisar palabras emotivas sin mayor respaldo científico acerca de lo que pasa en las calles, en los hogares, las empresas, la vida misma. Sea como sea, así parece estilarse hoy. Si mi presunción es cierta, no quedaría más que lamentar dicha debacle intelectual que, es de sobra sabido, no puede desembocar sino en pobreza de acciones.

No actúa mejor el que, por hacerlo rápido, renuncia a pensar con anticipación; pero todo indica que es justamente lo contrario lo que se impone: los debates que he visto y escuchado a la fecha son monumentos a la conceptualización genérica y una especie de “ya veremos qué hacer” inaceptable. Lo que requiere la República es lo concreto y específico, no lo vago e intuitivo; y lo que necesitamos todos en los debates es que los candidatos se desmientan unos a otros, con las cifras en la mano, los contraargumentos afilados, y la voluntad de imponerse, sí, lista, aunque guiada por la verdad.


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