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Gambito de dama

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Dicen los que saben que la jugada concretada el domingo pasado le salió bien a Álvaro Uribe. La tesis que se esgrime es que supuestamente Óscar Zuluaga, el candidato oficial del Centro Democrático, el partido de Uribe, no fue desde el principio –a conciencia o no- sino nada más que un chivo expiatorio, un cabeza de turco con el que se intentaba hacer un lavado de las culpas del débil Gobierno que termina.
Debe recordarse, porque en este país todo se olvida muy rápido (“todo es grave, pero nada es importante”), que ese Gobierno que termina es el de Uribe, o sea, el mismo del Centro Democrático e Iván Duque; y, en ese sentido, que la abandonada candidatura de Zuluaga no era sino la hipotética propuesta de continuación del desgobierno actual. Así, tal era una pretendida propuesta de repetición de una administración fracasada, o, en otras palabras, una derrota anunciada con anticipación en términos electorales. Quizás anunciada con demasiada anticipación.

Puede ser que tengan razón, entonces, quienes ven en los aparentes movimientos erráticos del Centro Democrático claves ocultas, y que, en esa sintonía, creen que lo que ocurrió en los últimos meses fue apenas una operación especial de cambio de piel del mismo reptil. Cabe la posibilidad de que la verdadera candidatura uribista haya sido desde siempre la de este cuestionado señor Federico Gutiérrez, de habla chabacana y vacía, al que será muy interesante ver explicando cuestiones de Estado una vez bajen las emociones. Este candidato –aventuran los conspiracionistas criollos- habría reasumido, desde su manida independencia, los “ideales” uribistas más puros, aliviados de los pesados lastres del mal ejecutor de tales Duque y del mal promotor de los mismos Zuluaga. Cambio de piel, o de aire, como cuando llueve a cántaros y el cielo es después más transparente.

Por supuesto, la alusión a la transparencia es irónica. Debo decir que, por mi parte, no creo en la existencia de dicha jugada de sacrificio deliberado de un peón para así lograr el posicionamiento estratégico de una figura más relevante en el tablero; no porque considere a Uribe leal a tal punto de que inicialmente hubiera querido proteger al fiel Zuluaga, o porque no lo crea capaz de tejer urdimbres de resultado calculado a largo plazo. No; lo que pienso es que la cosa se le fue dando al expresidente poco a poco, a partir de la promesa falsa a un imitador de Sergio Fajardo (sin su historial intelectual) de que harían negocios llegado el caso, y de que él sería el candidato uribista si el candidato uribista de verdad, por alguna razón inescrutable, no funcionaba esta vez como hace ocho años. De repente, la falsa promesa devino en genuina al son de las urnas, y valía más cumplirla.

Ahora Gutiérrez enfrenta una “encrucijada del alma” de la que es posible que ni siquiera se haya dado cuenta: tanto intrigarse la candidatura de Uribe, tanto hacer campaña uribista sin aval, para al final hacerse con un recién nacido muerto. Sus dos millones votos, ¿rendirán lo suficiente para ganar en la segunda vuelta, que es lo que cuenta? Lo dudo. Claro, también es dable que Gutiérrez no le vea ningún problema a ser el heredero de Duque, y que esté convencido de que la gente no aprende.