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Mandrágora para dos Baldomeros

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La mandrágora es una planta de esas que no tienen tallo, no muy agraciada, de flores feas y frutos de apariencia repugnante, de la que antaño se decía que era el combustible que las brujas europeas (?) usaban para volar en sus escobas por los cielos nocturnos. Mucho se ha dicho y se sigue diciendo sobre esta herbácea. De mi infancia recuerdo al mago Mandrake, apellido inglés de aquel superhéroe sin nombre que en castellano sería, claro, el mago Mandrágora. Ahora bien, puede que lo que más intrigue acaso sea la naturaleza dual de esta extraña creación del reino vegetal: la referida hierba es, dependiendo de las porciones de su uso, a la vez veneno y antídoto; y, cuando actúa como esto último, lo hace en calidad de potente narcótico que, de nuevo, a no dudar es sustancia peligrosa.
De manera que, si nos curamos de espantos, podemos decir que la llamada “manzana de Satán” destruye y crea simultáneamente, como la petit mort hace perder la conciencia por un tiempo demasiado corto para tanta vida, igual que cuando nace un niño a costa de la muerte de su madre en el parto, o nada más lo mismo que se siente al calor del efecto producido en el alma viendo crecer el verde encima del sepulcro de un cuerpo querido ya ido. Esta excitante duplicidad fue rescatada por el Antiguo Testamento, concretamente en Génesis 30:14-18; allí se narra cómo una mujer llamada Raquel, que antes había sustraído el esposo de otra señora de nombre Lea, le ruega a esta por unas mandrágoras veraniegas que posee, y a cambio le ofrece que se lleve de vuelta, por una noche, al viejo marido, un tal Jacob (quien de ninguna manera podía andar quejándose de su suerte).

El trato se hizo, y Raquel confió la concepción de su hijo a la mata de marras, supuesto elíxir de fertilidad. Por alguna razón, aquel acto agradó a Dios y, a pesar de la infidelidad consentida subyacente, le concedió el deseo a Raquel de ser madre ¡por quinta vez! de un fruto de Jacob. Así, aunque no cabía decir que Raquel antes fuera estéril, la cosa funcionó. Supongo que las creencias sirven para el que cree en ellas. ¿Le serviría al comediante judío Volodímir Zelenski, presidente ucraniano, ofrendarle a su tocayo Vladímir Putin, como gesto de buena voluntad, un suculento racimo de mandrágoras, a ver si el presidente ruso –por haberlo llamado nazi drogadicto- se emponzoña, o ya se eleva con ellas y de paso lo deja en paz para armarse de obuses de la Otán hasta los dientes?

Los nombres Volodímir y Vladímir son cuestión de homonimia en algunos idiomas eslavos; entonces, diríase que está bien llamarlos indistintamente a los dos, en español, Baldomero. (Lo que sí no me atrevo a castellanizar es el apellido del ruso). Si a esa coincidencia le sumamos el tema de la plantita, y asumimos por un instante que Putin se amodorra con el regalo, y se vuelve un bacán, como algunos de los jipis con blasón que uno ve por ahí, ¿será que, contrario a la hipótesis previa, este bacán igual ametralla a todo aquel que colabore con la Otán, es decir, con los gringos y en su contra? En este caso, de preferencia sería que la mandrágora se la tomara en sabrosa infusión el huérfano arlequín que, por haber querido hacer del pueblo que lo eligió un portaviones, lo ha condenado a la masacre.