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Con el fútbol de espaldas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Sería un indudable motivo de vergüenza si llega a comprobarse alguna vez que, durante las goleadas eliminatorias de noviembre de 2020, en los partidos ante Uruguay y Ecuador, algunos jugadores de la selección colombiana de fútbol se amangualaron para sacar del camerino al técnico Carlos Queiroz de manera indirecta; o sea, a la vieja y sucia usanza, cuando equipos inconformes con el estratega de turno, a sabiendas de que este es el primer obligado a responder en las crisis, sencillamente se entregan en la cancha para que a las directivas no les quede más remedio que lavarse las manos ante la afición (y los patrocinadores, los periodistas, los gobiernos) echando al míster. Canallada frecuente todavía en el amateurismo, no en el profesionalismo.

En este caso, tanto los líderes y promotores de semejante ausencia calculada serían tan responsables como los que, sin personalidad, se habrían dejado intimar y convencer de comportarse como fracasados. Por eso, si en algún momento se llega a saber la verdad, este país debe apartar la vista de esos genuinos traidores a la patria que en nada se diferencian –que pertenecen a la misma estirpe- de los políticos que se roban la tranquilidad de la nación a diario. Los resultados que, a contracorriente, estuvo obligado el técnico Reinaldo Rueda a obtener, desde que llegó a la conducción del buque zozobrante, hace un año, son la consecuencia de un ambiente envenenado de derrotismo con cariz de viveza criolla. Cuando los futbolistas se esconden detrás del técnico (o de la tribuna), para disimular la miseria de su desempeño, es porque no tienen con qué vencer.

En este punto, confieso que desconozco si la crisis futbolística es tan grave en el país y solo hasta este momento se ha hecho evidente. ¿Quién puede saberlo? Yo solo recuerdo que hace unos años se rumoró que el arbitraje nacional andaba bastante mal, permeado por asuntos de índole sexual (o mejor, homosexual) que, a su vez, determinaban quién dirigía un partido y quién no. Corrupción pura y dura que nunca se aclaró. Esa estampa ya denunciaba decadencia en un deporte que, ciertamente, cataliza algo positivo en los colombianos. No obstante, debería preocupar más que, en el fondo, no se tratara de una simple crisis del ambiente del fútbol, y que, en realidad, todo consistiera en una cuestión de confianza de la ciudadanía de a pie en sus propias capacidades, cosa que nada tendría que ver con la pandemia y que en su lugar desnudaría pobreza de la insalvable, que es la espiritual.

Así que no: a estas alturas, no creo que Colombia haya perdido algo que antes hubiera poseído, puesto que nunca dio el ancho. Creo que Rueda hizo lo que pocos: confiar en un grupo de gente que no confía en sí misma. Faltan, desde luego, los dos partidos finales, y la posibilidad de clasificar al campeonato mundial existe en teoría; pero, aunque lo logren, no dejaría de ser real que, para un país sin mayor ciencia propia ni producción de tecnología, sin una economía industrializada, ahogado por el narcotráfico y la guerra, demostrarse a sí mismo que sí puede trabajar coordinadamente es más importante que cualquier otro buen efecto anímico que esa amiga, la pelota, le pueda dejar. 



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