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El péndulo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Recuerdo la imagen de Andrés Pastrana en la Casa de Nariño. La tengo en la memoria porque era la del primer jefe de Estado que me tocaba analizar ya en la vida adulta, algo que concurrió con el inicio de mis estudios siguientes al colegio.
Entonces me llamaba la atención la ligereza de su discurso, que él procuraba presentar como jovialidad, y que yo, aunque inexperto, me veía forzado a contrastar intuitivamente con la expresión de otros políticos del nivel nacional, más serenos, más precisos, a lo mejor más abogados (ya no hay tantos políticos juristas, para bien o para mal), inclusión hecha del padre, Misael. Ahora bien, no es que Pastrana no hubiera pasado por las aulas de derecho, pues se graduó en la Universidad del Rosario de la carrera de jurisprudencia, a los veintitrés años, si bien nadie sabe si realmente aprendió cosa alguna mientras estuvo en ese respetable claustro.

Su fama de ligero iba de la mano de una cultivada reputación de sujeto de escasa reflexión erudita, ante lo que él, otra vez, como con lo de la jovialidad, pretendía que creyéramos que no es que fuera bruto, sino que era “un hombre de acción, un gerente, un tipo con mucha inteligencia emocional”, si alguien sabe lo que es esto último. No en vano “Diciendo y haciendo” fue su lema de campaña para la Alcaldía de Bogotá en 1988, cuando aparecía en un afiche con la camisa remangada, corbata roja sin saco y sonrisa idiota mirando al votante. Sí, me acuerdo del delfín Pastrana, a falta de mejor razón porque en ese 1998 aprendí de golpe que en Colombia no se requería de mayores cualidades personales o profesionales para ser presidente de la República. He rememorado esto con insistencia durante los pasados tres años y medio, a propósito de otro mediocre vanidoso, uno que se autoproclama perfeccionista, llegado al poder para hacer la fiesta con sus amiguetes. Son idénticos.

Aquel Pastrana de hace dos décadas “entregó el país a las Farc”, a pesar de que, con fermentado cinismo, él mismo haya utilizado esa frase recientemente para imprecar a Juan Manuel Santos a propósito del acuerdo de paz de 2016 con tal organización armada. Sin embargo, la gente no olvida que no fue Santos, sino él, quien ordenó el “despeje” de un área equivalente al doble exacto del territorio de la República de El Salvador, en la que dicha guerrilla aprovechó para establecer un imperio militar –y político- que no ha podido ser desmontado del todo aún, puesto que desde allí se extendieron sus raíces con mayor libertad hacia las profundidades de este suelo montañoso y selvático. El electorado también tiene conciencia de que, si Álvaro Uribe tuvo la oportunidad de ser presidente hace veinte años, ello se debió fundamentalmente al trabajo preparatorio de Pastrana.

Iván Duque no desmembró la soberanía, pero, una vez posesionado, sí reembolsó su cargo a Uribe. Desertó del deber de gobernar de verdad para así no –digamos- decepcionar al que lo entronizó con sus votos; le importaron un bledo la Constitución Política y las leyes que lo obligaban a pensar en favor del interés general, nunca del particular; se burló de los colombianos haciendo de animador televisivo cuando lo que urgía era un estadista. Este "perfecto" se irá dentro de siete meses.


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