Empleo_SantaMarta

Tu cuerpo, ¿tu decisión?

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La monserga del título, trastocada para mi conveniencia, es obra del ruidoso cabildeo abortista, por supuesto, que aún no logra despenalizar por completo la práctica del aborto en Colombia.
Ojalá lo haga, algún día, y así toda mujer que desee interrumpir su embarazo no deseado, digamos cada tres o cuatro meses, lo haga sin miedo, sin ser perseguida criminalmente por ello. ¿Acaso es ese un asunto que concierna a alguien más que no sea a esa hipotética gestante? Tema aparte es que el Estado colombiano (es decir, la gente que paga impuestos) deba cubrir los gastos del procedimiento y demás rubros anejos al mismo: esto ya no es tan simple, pues tanto la decisión de abortar es individual, y no social, como suele serlo la anterior de prevenir, o no, el embarazo. En resumidas cuentas: no tratamos con una enfermedad, sino con una condición adquirida libremente (cuando no ha mediado la fuerza); y, por lo tanto, es cierto, abortar debería depender de cada mujer en soledad.

Ahora bien, en un Estado –de derecho- como el que los colombianos tratamos de construir, “las cosas –en derecho- se deshacen como se hacen”; o, lo que es lo mismo, pero mejor dicho: mientras en este país siga siendo delito abortar, permitir que otro lo cause en el propio cuerpo, o ya ejecutar el ritual de extracción, los fiscales y jueces habrán de seguir aplicando el artículo 122 del Código Penal. No tengo mucho que agregar a esto, sino que, como lo he sostenido en columnas anteriores, si la mayoritariamente católica sociedad colombiana decide despenalizar en todos los casos el aborto, esa será una decisión soberana que deberá acatarse a partir del momento en que lo primero se haga debidamente; mientras tanto, la ley tendrá que cumplirse más allá de reparos individuales o grupales. En este entendido, no puede ser aceptable que la presión social parcial resuelva por toda la nación: ese fenómeno de masas no es la democracia. Esta tiende a ser fuerte pero silenciosa.

Tampoco, entonces, es democrático que alguien, so pretexto de una pretendida defensa de su individualidad (por ejemplo, de su derecho fundamental al libre desarrollo de la personalidad), se ubique por encima del conglomerado social. En verdad, tal actitud se asemeja más a la de una dictadura, una en la que ya no son ciertos militares los que imponen nada, sino una en la que la amenaza de venganza proviene de aquellos que reclaman más libertades para sí en tanto no creen justo que los otros, diferentes a ellos, deban ser tratados igual. Una perfecta contradicción en los términos. Por lo demás, con esta larguísima introducción no he querido sino referirme a la rara variedad de seres humanos llamada “los antivacunas”, y, dentro de tales, a la ramita que ha prohijado los argumentos a favor del aborto para relacionar ambos problemas: “Mi cuerpo, mi decisión”, dicen.

“Pues claro que es tu cuerpo, ¿de quién si no?”, podría responderse. Esa no es la cuestión cuando se habla de vacunas contra el virus, ya sean las dos primeras dosis, ya la tercera. A diferencia del embarazo y del aborto, que no son enfermedades, sino elecciones usualmente libres sobre el cuerpo femenino, el coronavirus sí que lo es. (¿O no?). Me niego a seguir escribiendo sobre esta obviedad.