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Escalona

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Estuve viendo, ahora que está de moda nuevamente, la serie Escalona, de Caracol, que ya cumple treinta años desde su estreno. A pesar de la distancia temporal, se sienten frescas las actuaciones de Carlos Vives, Florina Lemaitre, el fallecido Rodrigo Obregón, y de varios actores colombianos, cachacos y costeños por igual, que interesaban entonces por su gran talante.
Bien aprovechada la dirección de avanzada para el momento, de Sergio Cabrera, floreció en escena el atrevimiento de Vives para cantar vallenatos sin mayores prevenciones, como si se estuviera viendo al mismísimo generador de la trama, Rafael Escalona, en los años cuarenta del siglo pasado, versear acerca de que en Santa Marta sufría hambres como alumno interno del Liceo Celedón. Igual que si a una actriz que en 1991 pasaba ya de los treinta años, Florina, pudiera creérsela en verdad una niñita de dieciocho, Matilde, la Maye (que solo en diciembre pasado murió en esta, la aburrida vida real).

La historia es, como dicen las señoras, bonita; deja ver que su estructurador, el argumentista Daniel Samper Pizano, conocía tan bien el alma de esta tierra como si hubiera nacido en ella, y no en Bogotá. Pues plantea, en aquel tiempo previo al Bogotazo (a veces hablan de 1946, a veces de 1947), un enamoriscamiento entre dos muchachos que, por haber crecido juntos en el pueblo que era en esa época Valledupar, creen conocerse bien, hasta para casarse, pero a los que la realidad les demuestra que nada es tan fácil, y menos el amor. La referencia a la fecha no es caprichosa: este país era uno antes de 1948, y uno muy distinto, tal vez peor, después. Allí, en “el valle”, las desigualdades sociales son evidentes (aunque los protagonistas ni se enteren), pero, si todo el mundo está contento, dedicando canciones, saboreando un trago, ¿a quién realmente le importa?

Samper y, no sé hasta qué punto el libretista, Bernardo Romero Pereiro, también descendido de los Andes, y que ya se nos adelantó, a lo mejor entendieron que no había mejor panorama para recrear la eterna disputa entre el bien y el mal que el Valledupar de Escalona, donde, según se oye en sus cantos de esperanza, todo eran voces, alegría, amistad de juventud, y poca, muy poca violencia; donde a la nostalgia se le daba un tratamiento amable, que siempre la dejaba hecha creación; era el lugar del mundo en el que el extraño conservadurismo de estos caribeños, que si bien podía producir situaciones que “terminaran en tragedia”, no era usualmente tan grave ni fatal como el que se percibía de las montañas de Colombia. El bien, el mal… Al Escalona ficticio, joven inspirado e inestable, el mal le coqueteaba frecuentemente, pero él lo vencía, porque –queda enunciado así- la parranda es cosa de buenas gentes. Al fin y al cabo, ¿quién quiere ser malo en el embeleso?

Es notorio que no se pensó en una caricatura, sino en una genuina acuarela, suave y traslúcida. Se entiende, en sus cuentos musicales, la famosa melancolía que redescubriera con palabras García Márquez; algo que, creo, no es sino una de las formas de la paz. (Ampararse bajo la sombra de una bonga inmensa, tomarse una cerveza, reír sin tapabocas. ¡La falta que hace la vida simple hoy!).