Durst

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Por fin pude ver el famoso documental que le hicieron a Robert Durst en HBO, y que se estrenó en 2015. ¿Que quién es Robert Durst? Pues el heredero judío de un imperio inmobiliario en la ciudad de Nueva York, cuyo control, en circunstancias normales, habría debido recibir también, habida cuenta del mayorazgo que ostentaba entre los hijos de la familia; pero de lo que no pudo disfrutar ya que su hermano Douglas, o bien lo entrampó a la perfección para desplazarlo en preeminencia (quién sabe si jugando a lo seguro, sabedor privilegiado de alguna fragilidad psíquica de Robert), o simplemente las cosas en este caso sí son lo que parecen y Bob no fue siempre sino un vago vicioso y bueno para nada que, de pronto, decidió dedicarse a matar gente, digamos, nomás por diversión.
La simbólica, incesante música de fondo de este programa es la impunidad producto de la corrupción del dinero que, por lo visto, y como en cualquier republiqueta sudaca, se feria la justicia en los propios Estados Unidos de América, a plena luz del día. Se evidencia que Durst hizo lo que quiso en sus años de juventud, madurez, vejez, y que no sufrió por ello, porque los abogados penalistas que pudo pagar se dieron maña para demostrar en juicio, sin salirse del interesante juego del debido proceso, que no era ninguna mentira aquello de que el pobre Bobby era el más desangelado de los mortales, y que, así, no hubo manera de evitar su presencia en el lugar y en el momento incorrectos (o en sus contornos) cuando de la comisión de los crímenes de que lo acusaron se trataba.

A dichos letrados gringos les ayudó durante mucho tiempo, por supuesto, la figura enclenque de este hombrecito que, da la impresión, en cualquier momento se va a desmayar, que camina como cuando las piernas ya no dan, y que habla con una voz que se le apaga poco a poco, solo para pronunciar palabras lentas, aunque convincentes, acerca de su inocencia eterna. Robert evita, eso sí, invocar directamente la lástima de la audiencia (televisiva o judicial), y opta por el camino cierto de la sinceridad: llama a las cosas por su nombre y elude hábilmente excusarse por aquello que es demasiado notorio para siquiera intentarlo. No vacila en dejar hablar a su interlocutor hasta donde lo cree necesario, pero tampoco duda un segundo en interrumpirlo para corregirlo, contradecirlo, complementarlo, o, en otras palabras, dirigir la conversación. Parece débil; no lo es.

¿Ese mismo Robert Durst es el responsable de los tres homicidios que, en diferentes estados de la Unión Americana, se le han imputado, tal y como la realidad lo sugiere? Vaya usted a saberlo. No obstante, sí que contaron las palabras que pronunció, con el micrófono de solapa todavía puesto, cuando, al terminar de grabar la que iba a ser la entrevista final de este filme de 2015, y haberse visto antes presionado por las pruebas que –nervioso- le enseñara el anfitrión de la producción acerca de su culpabilidad en uno de los asesinatos, fue al cuarto de baño. Allí, consigo mismo, se recompuso y dijo, entre otras cosas conexas e inconexas, en serio y en broma (¿cómo diablos saberlo?): “Los maté a todos, por supuesto”. En septiembre pasado fue condenado a perpetuidad.


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