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A un quinquenio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hoy, miércoles 24 de noviembre, se cumplen cinco años desde que terminó de finiquitarse el complejo asunto que resultó ser la protocolización del acuerdo de paz con las Farc.
Eran épocas sin coronavirus que, de todas formas, nada de idílicas tenían, ya que, sobra decirlo, este país nunca ha sido uno fácil. Si dicha pacificación sirvió o no, será su historiografía la que lo fije, aunque esta apenas esté haciendo inventarios. Por lo demás, que, a pesar de sus claroscuros, aquel fue un intento algo serio por estabilizar las aguas de este maremágnum de vaivenes en que chapaleamos, la mentada historia deberá al menos reconocérselo algún día. Pues lo creí durante esos años y lo sigo creyendo: exigir paz no puede considerarse cuestión de pertenencia a uno u otro partido político.

En limpio lo anterior, admito que presenciar ahora, en la práctica, una suerte de sordo siniestro del propósito de enmienda de esta sociedad (o sea, escuchar el vacío de ciertas palabras que forman el texto del “acuerdo final”), me ha forzado a la rebusca íntima, como si en confesión habláramos, en clave de hallar la respuesta a la duda sobre si siempre deben ser la política y el derecho las artes encargadas de la tamaña responsabilidad de atemperar la marejada del pueblo colombiano, y así acercarlo más al desguace lógico de sus conflictos innominados. Porque, sí, cabe la especulación acientífica de que a esta, nuestra gente, le sepa bien la confrontación fanática. Que le sirva, motive, excite. Si existe una explicación distinta –que las hay-, desearía ser presa de su poder de persuasión.

La anécdota está en las memorias de su protagonista. El futuro escritor peruano, que no llegaba a los veinte años, se había ganado un concurso literario, cuyo premio era viajar a Europa; el itinerario implicaba una escala larga en Bogotá –eran mediados de los años cincuenta del siglo pasado-, y así lo cumplió Avianca. Viendo libros a través de las vitrinas del –creo recordar- Hotel Tequendama, este joven de pronto siente que una turba se le viene encima para matarlo. Afortunadamente, no era así; acaso se trataba de un programa rutinario en la capital de entonces: la turbamulta que le pasó por el costado tan solo pretendía destripar a alguien, un ladrón… o un rival político. Mario Vargas Llosa, el imberbe extranjero, a lo mejor percibió que en Colombia la convivencia era escasa, que en esta tierra se podía morir joven y que la vida decente aquí no dependía esencialmente de una elección racional.

Cuenta el finado Antonio Caballero, en su “Historia de Colombia y sus oligarquías”, que el arzobispo-virrey Caballero y Góngora, todavía antes de la Independencia, había afirmado no haber visto nunca “gentes que se odiaran entre sí tanto como los criollos americanos”. ¿Por qué no es de extrañar? Ya en el apogeo de la Colonia, otro arzobispo, Lobo Guerrero, en carta que escribió el 10 de mayo de 1599 al rey de España, pedía un Tribunal de la Inquisición en Santafé, “por ser los que en él viven hombres alterados y belicosos”. Como si la ira fuera cosa del demonio y no de indisciplina. Acabo de memorar a otro español, Pascual Duarte –el de la conmovedora novela de Camilo José Cela-, que fue un niño tierno aun en la pobreza, y que luego juzgó haberse hecho hombre en la violencia.