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Carmen ya no mola

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hace unos días apenas se supo que la novelista española de seudónimo Carmen Mola, y de gran éxito en ventas, ni es mujer ni es una sola persona.
De repente, nos enteramos de que eran tres los autores de sus novelas, todos hombres, y de que se trataba de guionistas de cine y televisión, también españoles. Atrás quedó la idea de que la creadora de la macabra trilogía de La novia gitana era, por contraste, una tranquila señora que se acercaba a la cincuentena mientras daba clases de matemáticas en un colegio, y a la que le quedaba tiempo para hacer de madre de tres hijos. Esa, que es una mentirilla ahora censurada con rencor, se tenía generalmente como uno de los posibles atractivos que los lectores encontraban en su obra: cómo las apariencias de la gente logran esconder su verdadera naturaleza. Porque, si alguien puede describir estas cosas tan sangrientas que se cuentan en un libro, es porque previamente las trabajó al detalle, ¿no es verdad?

Sí: si alguien es apto para pintar dichas escenas de terror, ello se deberá a que las piensa al milímetro, ciertamente; es más: quién sabe si antes las habrá ejecutado por sí mismo y hoy las relata en inocente forma de ficción para entonces hacer cómplice al lector. Pues resulta que esta intrigante asunción (la profe que en la mañana enseña a escolares y en la tarde recuerda cómo es la muerte) se ha caído; los reales autores son hombres que pasan de los cincuenta años, experimentados en la creación de tramas, que se pusieron de acuerdo en 2017 para dividirse el trabajo de redactar con pragmatismo (quién sabe si, simultáneamente, se iban coludiendo con alguna editorial para rodearse de misterio vendedor), y que, sobre todo, son hombres. Porque los caballeros, a diferencia de las damas, son capaces de cualquier cosa con tal de salirse con la suya, ¿no es así?

De modo que adiós al extraño orgullo consistente en la constatación de que hubiera una mujer escritora (¿secretamente escritora?, ¿a espaldas de su marido y de sus hijos?), en alguna buhardilla de una casa de clase media de Madrid, que se atreviera a concebir monstruosidades, y, lo peor, a hacer que otros las leyeran con deleite. Por su parte, ante los ataques de que ya han sido objeto por ser unos “timadores” que inventaron el personaje de Carmen Mola para medrar, los tres señores autores andan, en primer lugar, contando y dividiéndose el millón de euros del gran premio literario que se ganaron siendo Carmen; y, en un segundo momento, asegurando a quien los quiera oír que lo que importa es lo que se escribe, y no quién lo escribe. Repiten esto con tal convicción que uno incluso podría creerles, si no fuera por el inconveniente de que hasta ellos mismos saben que esa es una gran mentira, otra más. Pero quién los puede culpar: a mentir –a mentir bien- se dedican.

Sea como fuere, no hay marcha atrás. Eso sí, aparecerán quizás los que pretendan restar valor literario a los libros del trío Mola, y que, en su momento, esos mismos críticos alabarían. A lo mejor saldrán otros a decir que siempre supieron, desde las imágenes de esas historias, que Carmen Mola no era una mujer, “porque nunca supo describir los colores”, etc. Lo único cierto es que ella existió.