En Santa Marta, el cambio imparable apesta

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Escrito por:

Veruzka Aarón Torregrosa

Veruzka Aarón Torregrosa

Columna: Opinión

e-mail: veruzkaaaron.t@gmail.com

Twitter: @veruzkaaaron


Durante las últimas semanas, residentes y visitantes de Santa Marta, se han visto obligados a soportar los efectos de la contaminación que produce el rebosamiento de aguas residuales de algunas alcantarillas en el Centro Histórico, una de las zonas más atractivas de la ciudad como destino turístico. La imagen de la que érase una vez la “Perla de América”, se ha convertido en la representación gráfica de una ciudad fallida que colapsa tanto por la incompetencia de sus gobernantes como por la indiferencia de sus líderes políticos, sociales y empresariales.

Esta contingencia, además de evidenciar la deficiente operación del sistema de alcantarillado local, pone de presente la magnitud del deterioro crónico que han alcanzado los problemas más sensibles de la ciudad por la precaria planificación y gestión pública: crisis del agua, inundaciones, mal estado de las vías, invasión del espacio público, ocupación ilegal de cerros urbanos, contaminación de ríos y el mal manejo de basuras. Frente a la imparable involución de sus sistemas urbanos, vale preguntarse, si la solución del alcantarillado de la ciudad tendrá el mismo futuro incierto que el de la crisis del agua.

Por otra parte, Santa Marta, sufre un acelerado detrimento en sus principales indicadores sociales y económicos, los cuales reflejan el empobrecimiento y grado de insatisfacción de necesidades básicas de la población, informalidad, pérdida de competitividad de los sectores productivos y desestabilización económica. En el último reporte del Dane sobre pobreza extrema en el país, Santa Marta, se ubicó como la tercera ciudad con la tasa más alta, al pasar de 13.5 en el año 2019 a 23.1 en el 2020; superada solo por Riohacha y Chocó. Es decir, el cambio en Santa Marta, introdujo una nueva división de clases: los pobres de siempre y los nuevos pobres.

Sumado a lo anterior, la ciudad ha tenido que ver con impotencia como se dilapidan sus escasos recursos en proyectos que no justifican su inversión en términos de impacto frente a la solución de sus principales problemas, y que además, se han convertido en un referente nacional de la contratación lesiva al estado y mediocridad técnica. Se ha perdido la cuenta de los sobrecostos y atrasos de obras, mientras otras pasan a convertirse en siniestradas. Este detrimento del erario, durante las últimas administraciones no solo debe preocupar sino avergonzar, pues ha llegado a niveles que resultarían intolerables para cualquier sociedad política e intelectualmente madura. ¿Será que los líderes políticos, sociales y empresariales samarios, tienen como explicar a la opinión pública local y nacional su responsabilidad frente a la debacle del territorio que tantas riquezas les ha proporcionado?

Santa Marta, se ha convertido en un paraíso burocrático que sostiene el lastre de una elite política parasita aliada o enfrentada entre sí, según sus conveniencias, pero cuyo propósito común ha sido llegar al poder para enriquecerse con el mínimo esfuerzo y en el menor tiempo posible. Esta clase política es fácil de distinguir, pues a pesar de su escasa trayectoria laboral, inexplicablemente, se ha convertido en dueños de propiedades en exclusivos proyectos inmobiliarios, camionetas de alta gama con ejércitos de escoltas y reyes de las fiestas extravagantes, todas estas, manifestaciones de poder propias de la cultura mafiosa que tanto cuestionan en sus discursos populistas.

El cambio imparable en Santa Marta, apesta. Huele a todo menos a progreso. En realidad, huele a la frustración y desesperanza de una ciudadanía que le apostó en esencia, al cambio en las prácticas políticas y al relevo en el liderazgo, pero que lo único que obtuvo fue un simple cambio de caras. Producto de esta situación, los samarios han perdido la fe en sus instituciones, en sus líderes, en sí mismos y en las posibilidades de un mejor futuro.

Desmoraliza pensar que la ciudad continúe en manos del arribismo político y la incompetencia gubernamental, pero esta condición no se superará mientras no haya un esfuerzo colectivo por dar desde las instituciones políticas un giro hacia el rescate del respeto por lo público, el conocimiento y la experiencia.
A los líderes sociales, políticos y económicos locales, Martin Luther King, les dejó este mensaje: “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”


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