Corruptus

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Al ser delincuente, esto es, a aquel que elige libremente (ya con plenos conocimiento y voluntad, ya por negligencia o imprudencia injustificadas) romper las prohibiciones de conducta social, por acción u omisión, lo han estudiado a lo largo de la experiencia humana civilizada bastantes criminólogos en busca de respuestas para la extraña pregunta de por qué diablos ese delincuente es lo que es. Quizás los autores más leídos, a pesar de la distancia en el tiempo, sigan siendo los famosos positivistas italianos: Cesare Lombroso, Enrico Ferri y Raffaele Garofalo; y, entre estos, el primero, jefe de esa escuela. En su obra de corte darwinista, El hombre delincuente, de 1876, Lombroso explicó que el delincuente era un humano inferior, una suerte de cavernario: no se había desarrollado totalmente. Por eso –escribió- el cráneo del hampón se parece al del pobre miquito en su forma. 

Claro, esta teoría coquetea con ciertos postulados fascistas, y acaso es por eso que se dice que, después, Benito Mussolini bebió de allí justificación científica para sus propias ideas de superioridad italiana, que fueron precursoras de las alemanas. Hoy, en este tremedal buenista en que se vive, no es posible mencionar siquiera la idea de que existan individuos que, como lo creía Lombroso, nacieron y viven para delinquir: los criminales natos. Verdaderos anormales que gozan con dañar a otros, o ya a la sociedad entera, y ante los que esta nada puede hacer, por lo que lo recomendable sería extirparlos del tejido social, según lo planteó el maestro lombardo. (O sea, extirparlos del corazón de “las familias”, diría algún sabio de pacotilla). Si actualmente alguien osa insinuar que hay gente nacida para delinquir, que se aguante el sopapo moral que se le viene desde las alturas, ya que no hay delincuentes natos –vocean allá en la atalaya-, sino solo personas confundidas (?). 

Sin ánimo de imitar a los positivistas del derecho penal, hay algo que sí me llama la atención de la naturaleza íntima del delincuente. Resulta que son extremadamente sensibles. Llorones, casi. Quién lo creyera. Da orgullo patrio cuando uno recuerda a los buenos muchachos que no hace mucho fueron a representarnos internacionalmente, y que terminaron matando a un presidente en ejercicio. Parece que, sin embargo, a estos amigos los entramparon como a unos buenos para nada. Es lo que ellos dicen que pasó. En la jaula en la que los metieron les han hecho de todo, por lo que estos caballeros no hacen sino gemir igual que plañideras en llamada de auxilio, en lugar de callarse, al estilo de los hombres duros que creían ser; todo para que el pueblo colombiano acuda en su socorro, como si de niños pequeños se tratara. Unos infantes de teta y primitivos que han hecho una pilatuna. 

Pues el corrupto de cualquier especialidad es alguien que frecuentemente termina alegando error de tipo (que desconocía el delito) o error de prohibición (que creía que no estaba prohibida la conducta). Yerra tanto porque en verdad –en el fondo de su alma, de su conciencia- supo en un instante que tenía el derecho de comportarse como lo hace; y que los equivocados son los demás, que tipifican o prohíben algo que no debería normarse, o ya porque los demás son débiles que se dejan controlar.



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