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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Volví a ver la película El resplandor, del director estadounidense (neoyorquino, judío) Stanley Kubrick, y de1980, elaboración fílmica a su vez basada en una novela homónima de 1977, escrita por el también yanqui (pero de Maine, nada hebraico) Stephen King.
A este último nunca le gustó lo que el primero hizo con su obra una vez la adaptó a la pantalla, ya que le pareció, y le sigue pareciendo, que a Kubrick le faltó corazón para apropiarse del drama de Jack Torrance, el protagonista de la trama, que es el de un padre y esposo que, a su pesar, pierde la razón y se violenta debido al encierro y a las impertinencias de su familia, que no le permiten escribir como él quisiera, en silencio y soledad, mientras preserva al hotel Overlook del desgaste del tiempo pasado.

Debido a que no he leído el libro, no puedo describir las diferencias entre las dos creaciones, pero creo que debe dársele al cineasta un margen de maniobra al menos amplio: si vio al personaje principal con ojos diferentes a los del creador original del mismo, seguramente fue porque algo ha de haber notado que ni siquiera le fue revelado al propio novelista cuando imaginaba a aquel. Estos extraños individuos, los escritores, necesariamente tienen que perderse en sus propios mundos si lo que quieren es poder ilusionar con sus palabras a quienes las leen con deseos de creerlas. Y eso tiene un costo. De manera que si el experimentado Kubrick de 1980 entendió que al alma encarnada por Jack Nicholson tenía que zafársele una tuerca bien zafada para así asustar a la gente en su butaca de cine, al punto de tener que cerrar los ojos, ello habrá sido por una razón en toda regla, que pudo ir desde la búsqueda de completitud artística hasta el saludable afán pesetero del estudio.

Después de todo, Kubrick, perfeccionista y dominante, no debió de ser hombre de allanarse fácilmente a las intromisiones. Lo que se sabe de su indestructible ambición es que hacía repetir las tomas mil veces, y que sí fue, en efecto, una especie de dictador; pero no solo con el actor o el camarógrafo, el utilero o el figurante; al parecer, su anhelo era el de contar cada vez la historia total, o, si se quiere, totalitaria. Teniendo como música de fondo el misterio de la violencia y sus derivados (la sexualidad, la codicia, la locura incluso), pareció querer documentar desde la flexible ficción los quiebres de la vida real, y hacerlo con naturalidad. Se valió de la exquisitez, que adoptó como divisa, no solo para los diálogos, limpios e inteligentes, sino para el desarrollo de esa cinematografía suya que más parece una lección acerca de la verdadera apariencia de los objetos y las distancias, los colores y los puntos de vista, la nitidez y, a veces, podría decirse que quizás de la materia toda.

Si a la literatura le corresponde, entre otras conquistas, ocuparse de hallar la palabra precisa (pre-ci-sa) para rebautizar lo que ya tiene un nombre, y que tal se desenvuelva en las mentes ajenas como mejor le sea dado, al cine a lo mejor se le reservó la posibilidad de que perspectivas autoritarias como la de Kubrick definieran, de una vez y para siempre, los significados de los elementos que componen al mundo, olvidados por la cotidianidad, pero revenidos si se los ve con el lente adecuado.


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