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¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Estamos hablando del futbolista base de entre los once que salen al gramado. Del que da ejemplo al resto sin que se note, del que no pierde la cabeza (no se hace expulsar cuando el arbitraje es injusto, no llora si el marcador es adverso); del que sabe lo que significa estar ahí, ante un público explicando una filosofía; del que no se desespera ante la incomprensión táctica o la indisciplina de los colegas de camiseta; del que no necesariamente es el mejor jugador (o siquiera el más experimentado). Hablamos de un elemento que no da órdenes, sino ánimo; que demuestra fácil lo difícil; que vela por que todos anden bien, y que en ello ve el éxito de su rol estabilizador de energías.

El liderazgo en el fútbol bien podría extrapolarse a todas aquellas actividades humanas que requieren de un esfuerzo colectivo coherente porque, en un escenario en el que prima la interdependencia, confiarle la vida al de al lado implica que haya habido antes alguien que probara, a través de sus propios actos y palabras, que eso era lo correcto; o sea, lo que, al final, iba a servirles a todos. En algunos equipos –la mayoría- el capitán es designado directamente por el técnico, cuando no por los dueños de la franquicia deportiva en cuestión. Hay varios motivos para que ello sea así, pero resalta la predilección de destacar a quien hace recordar los intereses de los que están fuera de la cancha. Justo o no, el fútbol ha sido antes negocio que deleite, y no podría ser encargado de llevar el elástico en el brazo aquel que no comulgue con la práctica empresarial subyacente, por ejemplo.

En ciertos grandes clubes (industrias del entretenimiento, aunque con la presión de la responsabilidad social) la elección del capitán se hace de manera semejante a la de una democracia, y entonces son los jugadores los que votan por sus compañeros para nombrar el primer, el segundo y el tercer capitán, respectivamente. Que cuando falte uno, esté el otro. También estos cuadros suelen definir con rigor las funciones del elegido, que no son solamente las de ir al sorteo del campo, hablar con el árbitro o cobrar los penaltis; normalmente, es necesario aclarar si tendrá la tarea de reorganizar la figura geométrica desplegada en el terreno, si contará con facultades de decisión en cuanto a lo estratégico, o si, por tratarse de un grupo de pares, lo mejor será que calle, y ayude así a mantener la tranquilidad, en caso de haber problemas en un partido (y a fe que los habrá).

Me ha repugnado la imagen de Cristiano Ronaldo, capitán de Portugal en la Eurocopa 2020 (selección defensora del título), arrojando su cinta al césped y pateándola luego de perder ante los Diablos Rojos belgas. He tratado, en vano, de conciliar esa pintura con el coraje de Beckenbauer en el Estadio Azteca, en 1970, jugando con el brazo descompuesto en cabestrillo; el de Maradona en 1986, igualmente en México, que con veinticinco años hacía ver gigante a una selección apenas mediana; o el de Dino Zoff, en la España de 1982, que con cuarenta años guardó fiero su arco y le puso temple al desorden italiano para hacerlo campeón mundial. Cristiano es un excelso atleta y pateador, sí, pero carece de la capacidad de sufrir en silencio que caracteriza a los que trascienden.